Me despojé de mi
falda hecha de brazos, de mi collar de cráneos. Limpié de mi boca la sangre,
lavé con aceite las heridas. Teñí mis labios pálidos mascando flores de
hibisco. Tallé el alabastro desconchado de mi piel, lo hice brillar blanco.
Dejé mi pelo coagulado a merced del agua mientras hojas y flores mustias de
henna se apretaban contra mis dedos. Con trazos vigorosos de kohl pinté ojos y maleficios en mi cara vacía.
Perfumé de canela, azahar y miel el hedor a lirio mortuorio de mi cuerpo.
Cubrí mi desnudez
con un velo translúcido. Y posando rodillas, palmas y frente en tierra, me
presenté ante él.
Sus ojos me
vieron cadáver, asesina. Sus ojos despojaron con su fuerza mi cuerpo de
artificios. Sonriendo, en sus brazos me hizo ser caníbal y disfrutar mientras
roía la carne de sus huesos, me hizo sustraerme a la noche de los tiempos, me
convirtió en pájaro herido, flor deshecha. Cabalgué sobre el león y asesiné sus
demonios con mi lanza. Las ajorcas plateadas de mis tobillos resonaron al
compás de mi danza enloquecida e inmisericorde sobre su pecho amante.
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