miércoles, 4 de julio de 2018
El espacio entre cuatro lunas
I
Tres marcas de sangre sobre tu pecho.
Sobre tus mejillas.
Y sé que te declaras mío,
mi sofisticado cromagnon,
embebido en el ritual más viejo de la tierra.
No tienes idea de lo que hiciste.
Beberás mis lágrimas y comerás mi ira
Serás mi espada en todas mis batallas
y te perseguiré por mil vidas,
como un sabueso, seguiré el olor de mi alma impregnada en la tuya.
Eres mío y la noche es mi testigo.
II
Mis dedos dejan estelas rojas en tu piel con sólo rozarte. Me llama la atención que seas tan blanco, tan delicado, tan fácilmente rompible, tan humano. Marfil hecho carne, alabastro palpitante.
Puedo escribir con mis dedos mi nombre sobre tu piel, y verlo desvanecerse rápidamente, bastan un par de segundos, un par de lentas inspiraciones, para que tu riego sanguíneo, como una marea, como las olas, borren las letras que conforman mi odiado, sucio, oscuro grito de posesión.
A veces, cuando abro los ojos en las mañanas, y no estás,
temo que mi nombre sobre tu corazón sea tan frágil como las líneas que a veces me he divertido dibujando sobre tu espalda, que con el golpe de dos palpitaciones, dos suspiros, puedas desvanecerme rápidamente y enviarme al olvido.
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