Respiró, reposó. Su objetivo, aquel hombre, resistencia del antiguo régimen, espía de los alemanes, que caminaba custodiado a unos setecientos metros. El frío viento otoñal le alborotó los canosos cabellos, vió las ondulaciones que el aire produjo en su costoso abrigo de mink; no tenía necesidad de mira, No tenía siquiera que abrir los ojos. La clave era, como le habían dicho miles de veces, hacerse uno con el blanco, predecir su próximo movimiento, disparar, desvanecerse rápidamente y sin levantar sospechas. Apoyada contra la azotea del edificio, los senos le dolían, la presión desacostumbrada le impedía respirar con normalidad, la nariz comenzaba a picarle, pero eran cosas relativamente nimias, podría hacerlo, la dirección del viento era la adecuada, venía del sur levantándole la falda, la distancia era la correcta, en el mundo sólo existían ella, Petrovich y sus enormes guardaespaldas, su objetivo, él, en él, representados todos los hombres prepotentes, gordos y canosos que le recordaban a su abusivo padre, a su apestoso aliento a vodka de rábanos, a los moretones en el níveo rostro de su madre, a su primer violín destrozado, a sus blasfemias mientras la violaba sin compasión en su cama infantil cuando ni su madre ni sus hermanos estaban; él y sus superiores en el cuartel, la misma calaña que Petrovich y su padre compartían, lacras vestidas de costoso paño militar; ella era uno de sus juguetes favoritos, se convirtió en eso al huir de casa y encontrar en el Ejército Rojo un refugio, un refugio donde tenía que lavar letrinas, cocinar, barrer, trapear, sacudir el polvo y encargarse de la lavandería junto con otras mujeres hasta que se dio cuenta que era atractiva; después comprendió que el poder de su sexo no residía en la sumisión sino en el intercambio. Se escapaba del cuartel a los prostíbulos, las putas son agradecidas cuando se les lleva comida en medio del invierno ruso; aprendió con ellas a follar, a hechizar y a utilizar, a cambio recibió grados, honores, instrucción militar de la mejor calidad. Se convirtió en la niña mimada, la francotiradora con más bajas, desde el anonimato vengaba con cada bala una afrenta. Cada muerte un alivio, cada medalla una marca. Petrovich se iba a mover a la izquierda, ya había descifrado el patrón de sus torpes andares, la cabeza de un guardaespaldas se interpuso entre fusil Gewehr 43 y su blanco. Qué ironía, ser asesinado con un arma diseñada por alemanes, a quienes servía. ¡Muévete, cerdo! ¡Sí! ¡Eso es! Uno con el blanco. Inspiró. Espiró. Movió su índice al ritmo de su diástole, la bala viajó en lo que demoró la sístole, otra diástole y Petrovich caía al piso, con el cráneo reventado. Svetlana sonrió, moviéndose con rapidez abrió el estuche negro, que se suponía contenía un violín pero que llevaba un arma y dicho instrumento; se arregló el cabello, se limpió las partículas de polvo que tenía sobre la ropa y bajó caminando despacio de la azotea, por las escaleras interiores del edificio de ocho pisos que había escogido cuidadosamente como emplazamiento, se tomó todo el tiempo del mundo para tranquilizarse, respirar, pensar, escuchó las sirenas de la ambulancia, los correteos, intuyó la angustia de los fracasados guardaespaldas, ya en el primer piso se observó en un sucio vidrio, las ropas y los cabellos oscuros, los ojos azules que aparentaban inocencia, la sensual boca que desmentía los ojos; salió a la calle, los guardaespaldas estaban allí todavía, todo desconsuelo había desaparecido de sus rostros, estaban alegres, se libraron de aquella obesa y tiránica carga, Svetlana tenía ganas de reír con ellos, las lágrimas le afloraron a los ojos, no podría aguantarlo, caminó rápido poniendo cara asustada, ellos la vieron casi correr y se rieron de ella; a sus ojos era sólo una delgada joven que huía del grotesco espectáculo de la muerte con su violín en las manos y con la cara congestionada por el pánico. Parecía una novicia tonta, con su falda larga hasta debajo de la rodilla, su blusa de cuello alto y puños cerrados en las muñecas, sus zapatos de tacón bajo. Svetlana corrió, se refugió en el primer callejón oscuro que encontró para darle rienda suelta a su adrenalina; se rió a carcajadas hasta el límite del dolor abdominal, hasta que sintió las mejillas mojadas, se rió revolcándose entre las cáscaras de patata, entre el desorden y los fragmentos de botellas rotas. Pasados unos minutos se incorporó, limpiándose la cara y la ropa, y enfiló sus pasos hacia el cuartel. Uno con el blanco. Cada muerte le producía euforia, fascinación, excitación, un suicidio en módicas cuotas de vidas ajenas segadas en pro de su vanidad y sus delirios de muerte autoinflingida. Muchas veces fantaseó con ello. ¿Qué se sentiría? Un ruido, una milésima de segundo de un atroz dolor y luego la nada, a esa conclusión había llegado mientras miraba el techo de madera y las embestidas le cambiaban el ángulo en esas noches de vodka y sexo no consentido del todo, fantaseó con poner en las sienes de aquellos hombres que la usaban su Gewehr o mínimamente una pistola calibre cuarenta, apuntarles entre las cejas con el helado cañón; no podía decir que en algún punto no llegó a disfrutar de la animalidad exacerbada por la violencia y la férrea disciplina del brazo armado del régimen comunista, sin embargo después de la quinta eyaculación en media hora comenzaba a cansarse, a cansarse de veras y sólo quería dormir y no tener que pensar en planchar la casaca negra de su uniforme de gala al día siguiente ni en abrillantar, una a una, las medallas, los recibos de su suicidio, esperaba que alguien la matase, pero sabía que era imposible, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima, a ella, a la pequeña y frágil Svetlana, la de los ojos azules y mejillas sonrosadas, a la puta de los generales, más letal que una noche sin abrigo en Siberia, más helada y amarga que el mar de Kamchatka; nadie veía a la melancólica con el estuche de violín que de verdad contenía un instrumento.
Así entró al cuartel, agotada, pensativa, por la puerta trasera. Nadie le habló. Los oficiales de bajo rango la saludaban con deferencia, no se molestó siquiera en mirarlos. Entró en su habitación, pulcramente ordenada, junto al espejo un tablero de corcho repleta de fotografías de hombres, un slash con esfero sobre cada rostro, escondida entre ellos, sólo ella lo sabia, una foto de una pequeña en sepia, sostenía con gracia un violín y sus ojos claros miraban al vacío ya velados por el miedo. Alguien tendría que marcar esa foto cuando ya no estuviera, alguien tendría que interpretar el réquiem en sus funerales, su réquiem, que había terminado de componer la noche anterior; nadie lo haría, solo ella, Svetlana, su fusil, su violín, su uniforme, su botella infaltable, su caja de rapé, sus delirios. Sola en la cumbre. Sacó su uniforme de gala del armario, abrillantó las insignias, bebió vodka y bailó al ritmo de un vals imaginario, soñó con las galas y el esplendor de la dinastía Romanoff, soñó con las misiones en el campo de batalla, se durmió ebria y con una idea fija en la cabeza, se durmió llorando después de tocar.
El alba no había despuntado, y Svetlana ya estaba en pie. Ante el espejo abotonó los últimos botones dorados de su casaca, se ciñó a la cintura la faja roja, dejó caer sus rizos negros con voluptuosidad en vez de recogerlos, se pintó la trémula boca de carmín; cargó su revólver con una sola bala, jugaría a la ruleta. Las trompetas llamaron a formación, todos presentes en el inmenso patio, los himnos, los cantos, las arengas, los formalismos, la noticia, se habían deshecho de uno de los principales espías alemanes en el régimen rojo; la responsable, la heroína, Svetlana Kryuchkova. La condecorarían. La joven salió a escena, todo o nada, las convenciones, los saludos, de nuevo los cantos, querían enloquecerla, un nuevo pedazo de metal para su abigarrado pecho; una sonrisa lasciva del general Nureyév cuando rozó sus senos al condecorarla, dio dos pasos hacia atrás y todos contemplaron a la soldado, a la oficial Kryuchkova bajo el sol naciente, sus ojos resplandecientes de demencia, la grácil y digna apostura de su cuerpo, un rápido movimiento, el revólver, ojos desorbitados por doquier, sola en la cumbre, una con el blanco. Diástole, apuntarse en la sien; sístole, mover el gatillo; diástole, sonreír, no tendría que pensar en planchar uniformes ni en follar sin ganas; sístole, caer después del ruido y el instante blanco y atroz de dolor insoportable.
Una con el blanco al fin.
Así entró al cuartel, agotada, pensativa, por la puerta trasera. Nadie le habló. Los oficiales de bajo rango la saludaban con deferencia, no se molestó siquiera en mirarlos. Entró en su habitación, pulcramente ordenada, junto al espejo un tablero de corcho repleta de fotografías de hombres, un slash con esfero sobre cada rostro, escondida entre ellos, sólo ella lo sabia, una foto de una pequeña en sepia, sostenía con gracia un violín y sus ojos claros miraban al vacío ya velados por el miedo. Alguien tendría que marcar esa foto cuando ya no estuviera, alguien tendría que interpretar el réquiem en sus funerales, su réquiem, que había terminado de componer la noche anterior; nadie lo haría, solo ella, Svetlana, su fusil, su violín, su uniforme, su botella infaltable, su caja de rapé, sus delirios. Sola en la cumbre. Sacó su uniforme de gala del armario, abrillantó las insignias, bebió vodka y bailó al ritmo de un vals imaginario, soñó con las galas y el esplendor de la dinastía Romanoff, soñó con las misiones en el campo de batalla, se durmió ebria y con una idea fija en la cabeza, se durmió llorando después de tocar.
El alba no había despuntado, y Svetlana ya estaba en pie. Ante el espejo abotonó los últimos botones dorados de su casaca, se ciñó a la cintura la faja roja, dejó caer sus rizos negros con voluptuosidad en vez de recogerlos, se pintó la trémula boca de carmín; cargó su revólver con una sola bala, jugaría a la ruleta. Las trompetas llamaron a formación, todos presentes en el inmenso patio, los himnos, los cantos, las arengas, los formalismos, la noticia, se habían deshecho de uno de los principales espías alemanes en el régimen rojo; la responsable, la heroína, Svetlana Kryuchkova. La condecorarían. La joven salió a escena, todo o nada, las convenciones, los saludos, de nuevo los cantos, querían enloquecerla, un nuevo pedazo de metal para su abigarrado pecho; una sonrisa lasciva del general Nureyév cuando rozó sus senos al condecorarla, dio dos pasos hacia atrás y todos contemplaron a la soldado, a la oficial Kryuchkova bajo el sol naciente, sus ojos resplandecientes de demencia, la grácil y digna apostura de su cuerpo, un rápido movimiento, el revólver, ojos desorbitados por doquier, sola en la cumbre, una con el blanco. Diástole, apuntarse en la sien; sístole, mover el gatillo; diástole, sonreír, no tendría que pensar en planchar uniformes ni en follar sin ganas; sístole, caer después del ruido y el instante blanco y atroz de dolor insoportable.
Una con el blanco al fin.