domingo, 24 de abril de 2011

Cántico

I

Siqua sine socio

caret omni gaudio;

tenet noctis infima

sub intimo

cordis in custodia



II

Lo vi nacer entre mis brazos

En el terremoto de un orgasmo.

Sangró letras para mí, me contaminó con su virus, desde la distancia de lo ignoto.

Besó todas y cada una de mis heridas, sorbió el líquido de mis muñecas laceradas.



III

Cuando muera, lo ungiré con aceites perfumados, lo envolveré en una primorosa mortaja.

Y apartaré gentilmente a las moscas

de su cadáver.

Para Ellas.


Cuatro muñecas, sentadas en el alfeizar de la ventana. Afuera, el inmenso vacío.

Afuera, la negra noche de lo eterno y sin forma.

y en sus mejillas de fría porcelana brillaban lágrimas de ceniza.

En sus ojos, el hastío

ardía.

Como los incendios que consumen cuerpos, cabellos, letras, civilizaciones.

Una de ellas, cortó tan profundo sus muñecas, que Lucifer fué capaz de meter su lengua y lamer el hueso.

(la saliva demoníaca, el vino de Baco, la vida que corre de nuevo por sus venas.)

Las otras recurrieron a pequeños químicos encapsulados. Marejadas de placebos, dulces eutanasias.

También existía el filo de la cuchilla...Siete puntos de sutura en una. Veinte cicatrices en otra.

La rabia que sigue al vómito salvador.

Siguen sentadas en el alfeizar de la ventana, entre la luz cálida de la jaula

y lo que no tiene nombre.

Diminutas sonrisas curvan sus labios pálidos.