"Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave."
Los beneficios de la Luna, Charles Baudelaire.
Safo, Alfonsina, Violeta, Maria Mercedes, Anne, Sylvia, Alejandra, Virginia. Todas tocadas por la Luna, por la Noche, por la Tierra y la Muerte. Por todo aquello que abre las llaves del subconsciente, que vuelca sus imágenes surreales y oníricas como un torrente de agua azul profundo. Todas mujeres vientre-tumba, ouroboros en su magnificencia autodestructiva, la serpiente, aguatierra, fuego en los ojos y la lengua y el veneno, que se traga a así misma. Hay algo exquisitamente femenino en todas ellas, algo frágil y monstruoso, algo que pugnaba por abrirse paso a través de sus huesos y de sus ojos y encontró el camino a través de sus manos. Existe un muy bello lugar, tras el abandono del cuerpo físico, para las mujeres que escriben, que se suicidan. No puede ser el cielo, porque está hecho para los hombres, para la esencia masculina del ascetismo y la negación de los placeres del cuerpo. A quienes por elección o por nacimiento hemos nacido mujeres nos es imposible ser ascetas, desligarnos de los placeres y los dolores. No puede ser el infierno, pues eso ya lo experimentaron cuando fueron vivas: tener la posibilidad de crear mundos pero no poder sentirlos es sin duda, el peor de los castigos imaginables. Este lugar de reposo definitivo, esta zona limítrofe entre ser diosas y humanas, entre crear y vivir, es una tierra de crepuscular belleza, de horizontes teñidos de rojo sangre, de dedos pálidos, ojos grandes. De frondosos árboles de flores blancas, de vestidos flotantes a la luz, de agua cantarina y plateada. De juguetes, muñecos, momias, espejos, cisnes, niebla, hierba. De tornasoles espléndidos y grises lapidarios.
Cuando las mujeres tocadas por los signos de la noche, la luna y la tierra nacen, Madre Muerte hace un trato con sus almas. Les permitirá tener visiones fugaces del lugar al que irán, si y sólo si se entregan voluntariamente a su beso helado. Les permitirá cantar con su voz, pintar con sus sombras y escribir con sus dedos. Madre Muerte, sin embargo, no les explica que ese don les consumirá, les atormentará, les hará entregarle a Ella sin duda alguna sus cuerpos mustios. Al nacer, y tras consumar el pacto, las abandonará, y sólo aparecerá como un suspiro en el cuello, como una fugaz exhalación precedida por el brusco despertar del sueño. Incansablemente estas mujeres-poetas seguirán su pista, y llegará un momento, el momento definitivo, en que su voluntad de hierro, su entrega al pacto, sus ansias de crear, las destruirá. Madre Muerte pondrá entonces la luz en sus ojos de nuevo con sus lágrimas, pues llora al constatar el sufrimiento de sus criaturas, y les dará acceso total a lo que antes sólo vislumbraron.
No te burles de la niña que solloza, que con sus enormes ojos mira, sin comprender, que habla con mariposas, que construye con pétalos pequeños castillos; que lee y escribe, que goza y sufre, y que parece poco enterada e interesada del mundo que habitamos el resto de mortales. Ella se contenta con narrar lo que no puede crear; hace los planos de su vida tras su muerte.
Ella ve.