jueves, 29 de mayo de 2014

Kama Sutra.

Me despojé de mi falda hecha de brazos, de mi collar de cráneos. Limpié de mi boca la sangre, lavé con aceite las heridas. Teñí mis labios pálidos mascando flores de hibisco. Tallé el alabastro desconchado de mi piel, lo hice brillar blanco. Dejé mi pelo coagulado a merced del agua mientras hojas y flores mustias de henna se apretaban contra mis dedos. Con trazos vigorosos de kohl  pinté ojos y maleficios en mi cara vacía. Perfumé de canela, azahar y miel el hedor a lirio mortuorio de mi cuerpo.

Cubrí mi desnudez con un velo translúcido. Y posando rodillas, palmas y frente en tierra, me presenté ante él.

Sus ojos me vieron cadáver, asesina. Sus ojos despojaron con su fuerza mi cuerpo de artificios. Sonriendo, en sus brazos me hizo ser caníbal y disfrutar mientras roía la carne de sus huesos, me hizo sustraerme a la noche de los tiempos, me convirtió en pájaro herido, flor deshecha. Cabalgué sobre el león y asesiné sus demonios con mi lanza. Las ajorcas plateadas de mis tobillos resonaron al compás de mi danza enloquecida e inmisericorde sobre su pecho amante.

Tras el ritual, tras lamer de mis labios la espuma de su océano primigenio, tomé los perfumes, mi cara, mi pelo, mis manos, mis ojos, mi vientre, mis senos y mi velo, lo puse todo en su sitio y me erigí como diosa particular de su panteón.

Reflection (19/5/11)

Ya no quiero ser parte de tí.
Ya no quiero ser la vibración de los alaridos
con los que esculpes el silencio.

No quiero verte sangrar por mis delirios.

Ya no quiero tocar las redondeces de tu cuerpo, preñadas de luz
incandescentes y casi puras
no quiero descubrir los secretos, no quiero escuchar susurros.

No quiero ver con tus ojos ni besar con tus labios. No quiero tocar con tus manos ni sentir el frio
a través de tu piel erizada.

No quiero sentir tu dolor ni los espasmos de tristeza que se agolpan en tu garganta. No quiero parir con tu vientre, ni enorgullecerme por tus triunfos. No quiero ya más de tus letras ni de tus cabellos.

No quiero amar con ese corazón frágil que a duras penas te late dentro del pecho.

Ya nunca jamás quiero verte en el espejo.

14/07/10.

A veces, me limito a mirar por las ventanas grises de mi torre, a tocar con dedos rosados y gélidos la dura roca, más inexpugnable que el dolor y más antigua que el tiempo, fuerte por los lazos de sangre que sostienen piedra sobre piedra. En otras ocasiones, las más horrendas y terribles, en las horas interminables de introspección, miro con los ojos cerrados la torre de piel lacerada y carne, lágrimas y miedos, impura y frágil y sórdida. La mayoría del tiempo ambas prisiones son una misma, se vuelven agónicas, insoportables.

Monocromo.

(30/5/10

La luz gris de una mañana anónima goteaba de las hojas de los árboles sobre ella, que iban adquiriendo cada con cada gota el color ceniciento del cielo sobre su cabeza.  Sólo sus labios y las puntas de sus dedos conservaban matices distintos. El resto de ella era negro y gris, sus yemas rosadas se entretuvieron con un cigarrillo blanco; sus labios artificialmente rojos murmuraron al aire frío palabras ininteligibles, que se perdieron junto con el humo de su cáncer portátil en una cadencia de volutas estremecidas por la lluvia.

Observó como su piel se desleía, cómo sus ropas negras se quebraban en escamas, cómo el pavimento se deshacía bajo el torrencial aguacero. Suspiró y de su maleta extrajo un block de hojas blancas que se tiñeron de negro al contacto con la humedad, perdiéndose las letras de tinta oscura en la lluvia, volvió a guardar el amasijo de papel arrugado y mojado en que se había convertido el cuaderno de notas.

Alzó los ojos al cielo, con un alarido atorado en las córneas, y sus pupilas castañas se licuaron en lágrimas plomizas que dejaron surcos de carne rasgada en su rostro níveo.

Madre.

Ella fué Artemisa, fué Athena.
Ficciones virginales aleccionadoras en su juventud.

Fué una mujer aterida por el dolor y el miedo
al terminar las nueve lunas.

Fué una Hera incorruptible, una Hestia cuyo hogar no se enfriaba jamás
fué una esposa, una matriarca de los tiempos de antes del tiempo
una leona que traía la caza, que soportaba con humildad los rugidos del león.

Es Olimpia y Medea.

Medusa.

Eleusis. (27/08/12)

Cerrada oscuridad,
                           nado en negra tinta,
con mi fíbula
penetro carne y ojos imaginarios.
                                                Invisibles.

Manos blancas y heladas, hermosas manos
se han abierto paso a través de la tierra
                                            para tomarme.

¡Aire! ¡Necesito aire, o me marchitaré!
¡Aire, para enviarle mi voz a mi madre!

...

Los frutos del Infierno
en la punta de mi lengua.
Semilla roja, rojo nectar,
rojo el sudario que me acompaña al Olvido.

....

La Muerte me ha hecho su Reina.

Y me entrego a él, a sus manos blancas y heladas.

Invierno en la superficie,
                  primavera en mis entrañas.

De sueños y pesadillas. (08/11/12)

El Sol es siempre un anillo luminoso rodeado de tinieblas
en mi mundo de medianoche.

Siempre llueve, lo suficiente para perlar
y alimentar
con tormentas borgoña
(de vino, de sangre)
los evanescentes lirios fantasma
que brotan en mis recuerdos.

En mi mundo de medianoche,
siempre tengo sed
porque el agua se cristaliza en mis manos
y las lágrimas en mis mejillas.
                                   Los labios, morados y rotos.
                                         los dedos de porcelana escarchada.

Hay mariposas, y niños, y trigales inmensos
en mi mundo de medianoche
cuando me tiendo sobre mi lecho de espinas.

Seidr. (25/04/13)

He sido muñeca, hembra, sombra
y me he untado el cuerpo de cenizas,
rasgado la ropa,
expuesto mis senos en desafío a los dioses y a los hombres
y les he retado,
para que me brinden más dolor.

Les temo, a ellos
a los hombres, porque me han herido.
Les temo, a ellos
a los dioses, porque me han olvidado.

Oasis. (10/12/12)

Recuéstate, hijo del Sol
en el pecho que se te abre.

Tienes los labios agrietados,
                                             la piel seca.
Escucha el latido de la vida tras los senos blancos
y las costillas rotas.
Observa las rosas brotar desde el corazón
y desgarrar la carne.

Bebe, Escorpión del Desierto
de esta fuente lechosa
tras los iris de los ojos.

Déjate ungir,
lamer, llorar.
La leona mastica tus huesos.

Hijo del Sol,
regocíjate:
La Noche te recibirá siempre
entre sus muslos pálidos.

Gorgona. (6/09/13)

Me gusta de ti
el destello de dolor en tus pupilas
cuando te digo que te amo.

Me gusta romperte la caja toráxica con las manos
meter mi brazo dentro, sacar tu corazón,
-brillante, jugoso, como una inmensa uva-
y beber tu vino de las arterias rotas a grandes borbotones.

Me gusta besarte, arrancar la carne de tus labios
y morderte la lengua.
Me gusta sentir el pánico en tu respiración cuando me acerco.

Me gustan los vellos de mi nuca
erizándose al son de tu aliento.

Me gustan tus manos aferrándose a mi abdomen,
la presión de tu nariz y tu frente en mi espalda
y tus lágrimas deslizándose lentamente por mi espina dorsal.

Me gustas frágil, hombre mío.

Me gusta ser tu monstruo particular.

De las poetas suicidas. (02/03/13)

"Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave."
 Los beneficios de la Luna, Charles Baudelaire.
  
Safo, Alfonsina, Violeta, Maria Mercedes, Anne, Sylvia, Alejandra, Virginia. Todas tocadas por la Luna, por la Noche, por la Tierra y la Muerte. Por todo aquello que abre las llaves del subconsciente, que vuelca sus imágenes surreales y oníricas como un torrente de agua azul profundo. Todas mujeres vientre-tumba, ouroboros en su magnificencia autodestructiva, la serpiente, aguatierra, fuego en los ojos y la lengua y el veneno, que se traga a así misma. Hay algo exquisitamente femenino en todas ellas, algo frágil y monstruoso, algo que pugnaba por abrirse paso a través de sus huesos y de sus ojos y encontró el camino a través de sus manos. Existe un muy bello lugar, tras el abandono del cuerpo físico, para las mujeres que escriben, que se suicidan. No puede ser el cielo, porque está hecho para los hombres, para la esencia masculina del ascetismo y la negación de los placeres del cuerpo. A quienes por elección o por nacimiento hemos nacido mujeres nos es imposible ser ascetas, desligarnos de los placeres y los dolores. No puede ser el infierno, pues eso ya lo experimentaron cuando fueron vivas: tener la posibilidad de crear mundos pero no poder sentirlos es sin duda, el peor de los castigos imaginables. Este lugar de reposo definitivo, esta zona limítrofe entre ser diosas y humanas, entre crear y vivir, es una tierra de crepuscular belleza, de horizontes teñidos de rojo sangre, de dedos pálidos, ojos grandes. De frondosos árboles de flores blancas, de vestidos flotantes a la luz, de agua cantarina y plateada. De juguetes, muñecos, momias, espejos, cisnes, niebla, hierba. De tornasoles espléndidos y grises lapidarios.

Cuando las mujeres tocadas por los signos de la noche, la luna y la tierra nacen, Madre Muerte hace un trato con sus almas. Les permitirá tener visiones fugaces del lugar al que irán, si  y sólo si se entregan voluntariamente a su beso helado. Les permitirá cantar con su voz, pintar con sus sombras y escribir con sus dedos. Madre Muerte, sin embargo, no les explica que ese don les consumirá, les atormentará, les hará entregarle a Ella sin duda alguna sus cuerpos mustios. Al nacer, y tras consumar el pacto, las abandonará, y sólo aparecerá como un suspiro en el cuello, como una fugaz exhalación precedida por el brusco despertar del sueño. Incansablemente estas mujeres-poetas seguirán su pista, y llegará un momento, el momento definitivo, en que su voluntad de hierro, su entrega al pacto, sus ansias de crear, las destruirá. Madre Muerte pondrá entonces la luz en sus ojos de nuevo con sus lágrimas, pues llora al constatar el sufrimiento de sus criaturas, y les dará acceso total a lo que antes sólo vislumbraron. 

 No te burles de la niña que solloza, que con sus enormes ojos mira, sin comprender, que habla con mariposas, que construye con pétalos pequeños castillos; que lee y escribe, que goza y sufre, y que parece poco enterada e interesada del mundo que habitamos el resto de mortales. Ella se contenta con narrar lo que no puede crear; hace los planos de su vida tras su muerte.

Ella ve.