sábado, 2 de octubre de 2010

Cadáver.

Yazco en el piso, mirando las nubes en el cielo a través del techo roto. Pasando grises, tormentosas. El sol, sepultado hace mucho, no me mostrará su rostro de nuevo (probablemente porque no lo merezco, pero más que todo, porque ando escondiéndome de él desde hace largos años) Un cuervo se posa sobre lo que queda de una viga retorcida, grazna, sonríe. Ha ganado, podrá venir a comer. Despliega sus alas, y como un ángel, desciende hasta alcanzarme, despacio. Con enorme esfuerzo alzo mi mano, acaricio su pequeña cabecita emplumada, sus alas, gorjea, le gusta. Me mira con un ojito negro y brillante antes de hundir inmisericorde su pico en mi carne, en mi tórax abierto a cuchilladas autoinfligidas.

-Ya no tengo corazón.- le explico, cuando, extrañado, alza la cabeza con el pico ensangrentado y vacío.Enojado, aletea y clava sus garras en uno de mis pechos. Yo sonrío indolente.-Puedes comerte mis ojos y el resto de mis entrañas. Pero déjame las manos y los labios y el vientre intactos, por si vuelve, por si quiere volver. Los necesitaré para amarlo.

El cuervo entiende, acepta. Picotea un poco, un trozo de hígado, otro del páncreas. Un pedacito de pulmón. Es todo lo que necesita para estar satisfecho, al fin y al cabo, es el mensajero de mi alma, el tótem elegido por mi inconsciente. Deseo que no se vaya, pero está lleno y alza el vuelo, rozándome levemente el rostro con su plumaje al partir. Me siento para observar el catastrófico escenario, un pulmón amenaza con caérseme de dentro, lo atrapo a tiempo y lo devuelvo a su sitio. Conteniendo mis entrañas con los brazos me aproximo a mi ropero, con cuidado alcanzo mi viejo corset, lo ajusto a mis formas, de modo que mis órganos internos queden bien puestos en su sitio, lo amarro c y luego aprieto los cordones todo lo que puedo, con la ayuda de un espejo.

Estoy algo pálida. La pestañina y la sombra negra se han regado por las lágrimas, pero los labios siguen rojos y apetitosos. Los ojos, apagados. El escote, irreparable, el tajo que abrió mi pecho comienza justo entre la hendidura de mis senos. Un collar con dije grande servirá para taparlo. Una gargantilla cubrirá las heridas en la yugular. Unas pulseras las laceraciones en mis muñecas. Quitarle un poco el polvo a la falda corta, amarrarme bien las botas, ajustar las medias de nylon negro a mis muslos.

Mi habitación es un desastre, el mundo de afuera también. Todo arde, todo se derrumba. Adentro el piso está manchado de sangre, hay pedazos de vidrio roto, astillas, hojas arrancadas y partidas, pedazos de pared, de techo, de metal.

Mi corazón, latiendo a salvo, envuelto en plástico, en la nevera. No sé si salir a buscarlo o dejarlo en paz. Esperar a que vuelva...No, no va a volver...No debo ir a por él...Me debato unos minutos, y al fin decido acurrucarme en mi rincón de siempre. Y dormir.¿o morir?, no, definitivamente dormir, ya estoy muerta, no podría morir otra vez.

La victrola suena en algún lugar de mi cerebro, con un vals oxidado. Su sonrisa, sus manos en mi cintura, su boca ofreciéndoseme, y toda la eternidad para dar vueltas al son de esa melodía demoníaca, en las habitaciones destartaladas de un ensueño.

Si...esto está mucho mejor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Edén.

La había visto desde que recordaba; antes sólo se perdía en la inmensidad de sus ojos, azules como el cielo, en su pelo, rubio como las extensiones de pradera, entre aquel tiempo en que hacía calor y los árboles perdían las hojas. Ahora se perdía en sus tetitas turgentes, en la maraña naciente de pelo entre sus piernas, que entreveía cuando ella se agachaba, por entre las capas de piel animal; en la forma redondeada de su culo, en la estrechez delirante de su cintura. Sentía cómo aquella cosa que le colgaba entre las piernas, de repente se erguía furiosa, y ella al ver el bulto bajo las pieles que lo cubrían, huía despavorida, presa de un temor ignoto.

Una tarde, cuando ella dormía plácida bajo un árbol, junto a otras niñas, le levantó el vestido de lana, le abrió las piernas, y antes de que pudiera gritar o alejarse, le hundió la verga tan profundo como pudo en esa rajita rosada, húmeda y tierna; bombeó hasta que sintió que se iba, que la vida se le escapaba en un instante de gozosa oscuridad. Luego se levantó y la dejó allí, revolcándose adolorida, mientras el himen roto sangraba.

Sabían que la misma mujer los había parido, ambos tenian el pelo y la piel clara; pero eso no importaba mucho, era carne. Luego ella empezó a buscarlo, embebida en un furor lúbrico, se acercaba a él gimoteando, se echaba y abría las piernas, o se ponía de rodillas en el suelo como un lobo, o un perro, entonces él la penetraba; al principio sólo el gozaba, luego ella aprendió a transformar el agudo dolor en una exaltación trepidante, que los dejaba exhaustos.

Entonces ella cambió, su vientre empezó a hincharse tras diarios vómitos matutinos y la ausencia mensual de aquella cosa roja que parecía sangre pero sabía dulce. Pasaron varios meses, y ella se apegó a él como una garrapata, no lo dejaba solo, lloraba desconsolada cada vez que iba de caza con los demás hombres; el sentía un indeterminado instinto de protegerla, le gruñía furioso a cualquier macho que se le acercara, porque olía. Olía a kilómetros, como si estuviera en celo. Una noche de lluvia, empezó a gritar y a gemir de espantosos dolores, la caverna resonaba con sus alaridos, mientras él, en una esquina, se limitaba a observar cómo su cara se ponía roja de esfuerzo a la luz de la hoguera. Después de varias horas, un indeterminado bulto sangriento salió de la rajita, ampliada a su máxima capacidad, y ella lagrimeando arrancó a dentelladas el cordón que los unía, y estrechó contra su pecho el bulto hasta que éste empezó a hacer ruido, a chillar, era una cría de su especie. La madre lo lamió con fruición para limpiar la sangre, el padre se acercó cauto, con la intención de ayudarla, ella apretó los dientes y lo miró, amenazante; el retrocedió hasta su esquina, y se mantuvo allí mientras ella expulsaba otro bulto, que esta vez, no era mas que una tripa grande, sanguinolenta y venosa. Entre ambos se comieron la placenta, al dia siguiente, mientras ella mantenía al bebé pegado de uno de sus senos.

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Los años pasaron y el niño se convirtió en hombre. Luego de matar a su padre y comerse crudos sus ojos y poner sus músculos al fuego para poder alimentarse más sabrosamente, se folló a su madre con toda la sevicia que pudo, después de todo, la amaba.

martes, 17 de agosto de 2010

Burden

De mi padre, heredé unos dedos largos y ágiles, útiles y finos: teclas de marfil y cuerdas de metal y nylon se han rendido casi sin oponer resistencia a los deseos de mi música interna, heredé de el también finas membranas en la garganta, una agresividad casi sádica y una melancolía congénita, patológica. De mi madre, heredé una buena memoria, largo cuello y talle fino, pequeños senos para amamantar a mis crías, piernas gruesas para sostenerme cuando mi voluntad se rehúse a hacerlo; un sentido del honor y el deber absolutamente pacatos y pasados de moda, fuera de todo contexto, y un ánimo volátil y una imaginación febril para los malos presagios.

De ellos, también heredé un cuerpo y un alma que no deseaba, una existencia que mas que un regalo o un don, es una maldita carga.

jueves, 12 de agosto de 2010

Mea Culpa

Entre una cosa y otra, al menos aún conservo

una corteza raída en la mirada

la callosa piel pegada a los huesos.

Profundamente cansada, mis tiernas entrañas desean

los pútridos estertores de la vida

y los días se suceden

se suceden

¡Un puto día tras otro!

Unotrasotrotrasotrotrasotro.

(Como pálidos despojos de niebla)

Mi sangre un vino ácido

pisoteadas las uvas en la vendimia del odio,

fermentado en esta vida de pulcritud

y mierda bajo la alfombra.

Mi saliva, congelada y corrupta

alquitrán goteante de las entrañas de la tierra

dejó en tus labios un resquicio de sabor a muerte.

Y mejor, dejaré que tu hables del agua de mi pozo, caliente, oscuro y estrecho.

Soy joven, pero ya en mis cristalizados ojos

no habita ninguna lágrima.

Fuera de mi, para siempre.

los frágiles adornos de muñeca.

jueves, 22 de abril de 2010

Tiburón Vegetariano

El olor es insufriblemente puro; mi boca no deja de salivar, mi mente no deja de negarse. Hace un buen tiempo tomé la decisión de purificar mi cuerpo, por salud, por moral; hipocresía viniendo estas palabras de quién vienen; me sentía tan insignificante que la muerte de un animal en pro de mi alimentación se me convirtió en un horrible crimen, el daño ambiental causado por la ganadería me producía escozores, me sentía responsable, con ganas de aportar una disminución absolutamente nimia al consumo, a la hecatombe, a la catástrofe, creía en el sufrimiento de la madre, en el feto de tiburón abriéndose paso desde la matriz con sus afilados dientes hacia el exterior y comiéndose a sus hermanos, desde pequeña he odiado a los tiburones, he detestado su lisa piel y sus ojos y su capacidad para oler la sangre a kilómetros; los humanos deberíamos estar emparentados filogenéticamente con ellos, nos parecemos más a ellos que a las leonas que cuidan a sus cachorros o los macacos que se limitan a despiojarse durante las horas diurnas; las plantas entonces se convirtieron en mi fuente de energía, ellas y los cereales, tan nobles, cuna de civilizaciones; en mi afán por hacer algo intenté dejar los lácteos y los huevos…Pero mi afición altruista terminó por convertirse en una excusa para la autodestrucción; mi vegetarianismo era sólo una pantalla, un cliché, me convenía para no tener que decir que no quería comer mientras los demás lo hacían, “Aleja, ¿No vas a comer?-No.- ¿Porqué, no trajiste? Mirá, de mi coca te comparto, cométe este pedacito.- No, no como carne, gracias, ahorita voy y compro una ensalada.” Mi diálogo de todos los días, eventualmente dejaron de preguntar si tenía hambre o si iba a comer: sabían que no lo hacía.
Aún sigo pareciéndome insignificante, pero ya no quiero hacer nada por nadie, me excita la decadencia, perdí los antiguos ideales (máscara de la verdadera y real autodestrucción), pedazos de músculo achicharrados en una paila, medio podridos y sin embargo deliciosos, servidos en un lindo plato de porcelana; tomo el cuchillo y el tenedor sin olvidar las antiguas costumbres inculcadas, me siento recta en el asiento del comedor, pongo la servilleta de tela sobre mis piernas. Un ligero asomo de sangre mancha la blancura del plato cuando introduzco el cuchillo y corto en pequeños trozos. Me llevo el tenedor a la boca, mastico y sonrío, el visceral sabor de la muerte destroza mis neuronas y mis papilas gustativas, un suicidio colectivo en suaves pedazos de carne de res.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Bulls Eye

Respiró, reposó. Su objetivo, aquel hombre, resistencia del antiguo régimen, espía de los alemanes, que caminaba custodiado a unos setecientos metros. El frío viento otoñal le alborotó los canosos cabellos, vió las ondulaciones que el aire produjo en su costoso abrigo de mink; no tenía necesidad de mira, No tenía siquiera que abrir los ojos. La clave era, como le habían dicho miles de veces, hacerse uno con el blanco, predecir su próximo movimiento, disparar, desvanecerse rápidamente y sin levantar sospechas. Apoyada contra la azotea del edificio, los senos le dolían, la presión desacostumbrada le impedía respirar con normalidad, la nariz comenzaba a picarle, pero eran cosas relativamente nimias, podría hacerlo, la dirección del viento era la adecuada, venía del sur levantándole la falda, la distancia era la correcta, en el mundo sólo existían ella, Petrovich y sus enormes guardaespaldas, su objetivo, él, en él, representados todos los hombres prepotentes, gordos y canosos que le recordaban a su abusivo padre, a su apestoso aliento a vodka de rábanos, a los moretones en el níveo rostro de su madre, a su primer violín destrozado, a sus blasfemias mientras la violaba sin compasión en su cama infantil cuando ni su madre ni sus hermanos estaban; él y sus superiores en el cuartel, la misma calaña que Petrovich y su padre compartían, lacras vestidas de costoso paño militar; ella era uno de sus juguetes favoritos, se convirtió en eso al huir de casa y encontrar en el Ejército Rojo un refugio, un refugio donde tenía que lavar letrinas, cocinar, barrer, trapear, sacudir el polvo y encargarse de la lavandería junto con otras mujeres hasta que se dio cuenta que era atractiva; después comprendió que el poder de su sexo no residía en la sumisión sino en el intercambio. Se escapaba del cuartel a los prostíbulos, las putas son agradecidas cuando se les lleva comida en medio del invierno ruso; aprendió con ellas a follar, a hechizar y a utilizar, a cambio recibió grados, honores, instrucción militar de la mejor calidad. Se convirtió en la niña mimada, la francotiradora con más bajas, desde el anonimato vengaba con cada bala una afrenta. Cada muerte un alivio, cada medalla una marca. Petrovich se iba a mover a la izquierda, ya había descifrado el patrón de sus torpes andares, la cabeza de un guardaespaldas se interpuso entre fusil Gewehr 43 y su blanco. Qué ironía, ser asesinado con un arma diseñada por alemanes, a quienes servía. ¡Muévete, cerdo! ¡Sí! ¡Eso es! Uno con el blanco. Inspiró. Espiró. Movió su índice al ritmo de su diástole, la bala viajó en lo que demoró la sístole, otra diástole y Petrovich caía al piso, con el cráneo reventado. Svetlana sonrió, moviéndose con rapidez abrió el estuche negro, que se suponía contenía un violín pero que llevaba un arma y dicho instrumento; se arregló el cabello, se limpió las partículas de polvo que tenía sobre la ropa y bajó caminando despacio de la azotea, por las escaleras interiores del edificio de ocho pisos que había escogido cuidadosamente como emplazamiento, se tomó todo el tiempo del mundo para tranquilizarse, respirar, pensar, escuchó las sirenas de la ambulancia, los correteos, intuyó la angustia de los fracasados guardaespaldas, ya en el primer piso se observó en un sucio vidrio, las ropas y los cabellos oscuros, los ojos azules que aparentaban inocencia, la sensual boca que desmentía los ojos; salió a la calle, los guardaespaldas estaban allí todavía, todo desconsuelo había desaparecido de sus rostros, estaban alegres, se libraron de aquella obesa y tiránica carga, Svetlana tenía ganas de reír con ellos, las lágrimas le afloraron a los ojos, no podría aguantarlo, caminó rápido poniendo cara asustada, ellos la vieron casi correr y se rieron de ella; a sus ojos era sólo una delgada joven que huía del grotesco espectáculo de la muerte con su violín en las manos y con la cara congestionada por el pánico. Parecía una novicia tonta, con su falda larga hasta debajo de la rodilla, su blusa de cuello alto y puños cerrados en las muñecas, sus zapatos de tacón bajo. Svetlana corrió, se refugió en el primer callejón oscuro que encontró para darle rienda suelta a su adrenalina; se rió a carcajadas hasta el límite del dolor abdominal, hasta que sintió las mejillas mojadas, se rió revolcándose entre las cáscaras de patata, entre el desorden y los fragmentos de botellas rotas. Pasados unos minutos se incorporó, limpiándose la cara y la ropa, y enfiló sus pasos hacia el cuartel. Uno con el blanco. Cada muerte le producía euforia, fascinación, excitación, un suicidio en módicas cuotas de vidas ajenas segadas en pro de su vanidad y sus delirios de muerte autoinflingida. Muchas veces fantaseó con ello. ¿Qué se sentiría? Un ruido, una milésima de segundo de un atroz dolor y luego la nada, a esa conclusión había llegado mientras miraba el techo de madera y las embestidas le cambiaban el ángulo en esas noches de vodka y sexo no consentido del todo, fantaseó con poner en las sienes de aquellos hombres que la usaban su Gewehr o mínimamente una pistola calibre cuarenta, apuntarles entre las cejas con el helado cañón; no podía decir que en algún punto no llegó a disfrutar de la animalidad exacerbada por la violencia y la férrea disciplina del brazo armado del régimen comunista, sin embargo después de la quinta eyaculación en media hora comenzaba a cansarse, a cansarse de veras y sólo quería dormir y no tener que pensar en planchar la casaca negra de su uniforme de gala al día siguiente ni en abrillantar, una a una, las medallas, los recibos de su suicidio, esperaba que alguien la matase, pero sabía que era imposible, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima, a ella, a la pequeña y frágil Svetlana, la de los ojos azules y mejillas sonrosadas, a la puta de los generales, más letal que una noche sin abrigo en Siberia, más helada y amarga que el mar de Kamchatka; nadie veía a la melancólica con el estuche de violín que de verdad contenía un instrumento.

Así entró al cuartel, agotada, pensativa, por la puerta trasera. Nadie le habló. Los oficiales de bajo rango la saludaban con deferencia, no se molestó siquiera en mirarlos. Entró en su habitación, pulcramente ordenada, junto al espejo un tablero de corcho repleta de fotografías de hombres, un slash con esfero sobre cada rostro, escondida entre ellos, sólo ella lo sabia, una foto de una pequeña en sepia, sostenía con gracia un violín y sus ojos claros miraban al vacío ya velados por el miedo. Alguien tendría que marcar esa foto cuando ya no estuviera, alguien tendría que interpretar el réquiem en sus funerales, su réquiem, que había terminado de componer la noche anterior; nadie lo haría, solo ella, Svetlana, su fusil, su violín, su uniforme, su botella infaltable, su caja de rapé, sus delirios. Sola en la cumbre. Sacó su uniforme de gala del armario, abrillantó las insignias, bebió vodka y bailó al ritmo de un vals imaginario, soñó con las galas y el esplendor de la dinastía Romanoff, soñó con las misiones en el campo de batalla, se durmió ebria y con una idea fija en la cabeza, se durmió llorando después de tocar.

El alba no había despuntado, y Svetlana ya estaba en pie. Ante el espejo abotonó los últimos botones dorados de su casaca, se ciñó a la cintura la faja roja, dejó caer sus rizos negros con voluptuosidad en vez de recogerlos, se pintó la trémula boca de carmín; cargó su revólver con una sola bala, jugaría a la ruleta. Las trompetas llamaron a formación, todos presentes en el inmenso patio, los himnos, los cantos, las arengas, los formalismos, la noticia, se habían deshecho de uno de los principales espías alemanes en el régimen rojo; la responsable, la heroína, Svetlana Kryuchkova. La condecorarían. La joven salió a escena, todo o nada, las convenciones, los saludos, de nuevo los cantos, querían enloquecerla, un nuevo pedazo de metal para su abigarrado pecho; una sonrisa lasciva del general Nureyév cuando rozó sus senos al condecorarla, dio dos pasos hacia atrás y todos contemplaron a la soldado, a la oficial Kryuchkova bajo el sol naciente, sus ojos resplandecientes de demencia, la grácil y digna apostura de su cuerpo, un rápido movimiento, el revólver, ojos desorbitados por doquier, sola en la cumbre, una con el blanco. Diástole, apuntarse en la sien; sístole, mover el gatillo; diástole, sonreír, no tendría que pensar en planchar uniformes ni en follar sin ganas; sístole, caer después del ruido y el instante blanco y atroz de dolor insoportable.

Una con el blanco al fin.