martes, 14 de septiembre de 2010

Edén.

La había visto desde que recordaba; antes sólo se perdía en la inmensidad de sus ojos, azules como el cielo, en su pelo, rubio como las extensiones de pradera, entre aquel tiempo en que hacía calor y los árboles perdían las hojas. Ahora se perdía en sus tetitas turgentes, en la maraña naciente de pelo entre sus piernas, que entreveía cuando ella se agachaba, por entre las capas de piel animal; en la forma redondeada de su culo, en la estrechez delirante de su cintura. Sentía cómo aquella cosa que le colgaba entre las piernas, de repente se erguía furiosa, y ella al ver el bulto bajo las pieles que lo cubrían, huía despavorida, presa de un temor ignoto.

Una tarde, cuando ella dormía plácida bajo un árbol, junto a otras niñas, le levantó el vestido de lana, le abrió las piernas, y antes de que pudiera gritar o alejarse, le hundió la verga tan profundo como pudo en esa rajita rosada, húmeda y tierna; bombeó hasta que sintió que se iba, que la vida se le escapaba en un instante de gozosa oscuridad. Luego se levantó y la dejó allí, revolcándose adolorida, mientras el himen roto sangraba.

Sabían que la misma mujer los había parido, ambos tenian el pelo y la piel clara; pero eso no importaba mucho, era carne. Luego ella empezó a buscarlo, embebida en un furor lúbrico, se acercaba a él gimoteando, se echaba y abría las piernas, o se ponía de rodillas en el suelo como un lobo, o un perro, entonces él la penetraba; al principio sólo el gozaba, luego ella aprendió a transformar el agudo dolor en una exaltación trepidante, que los dejaba exhaustos.

Entonces ella cambió, su vientre empezó a hincharse tras diarios vómitos matutinos y la ausencia mensual de aquella cosa roja que parecía sangre pero sabía dulce. Pasaron varios meses, y ella se apegó a él como una garrapata, no lo dejaba solo, lloraba desconsolada cada vez que iba de caza con los demás hombres; el sentía un indeterminado instinto de protegerla, le gruñía furioso a cualquier macho que se le acercara, porque olía. Olía a kilómetros, como si estuviera en celo. Una noche de lluvia, empezó a gritar y a gemir de espantosos dolores, la caverna resonaba con sus alaridos, mientras él, en una esquina, se limitaba a observar cómo su cara se ponía roja de esfuerzo a la luz de la hoguera. Después de varias horas, un indeterminado bulto sangriento salió de la rajita, ampliada a su máxima capacidad, y ella lagrimeando arrancó a dentelladas el cordón que los unía, y estrechó contra su pecho el bulto hasta que éste empezó a hacer ruido, a chillar, era una cría de su especie. La madre lo lamió con fruición para limpiar la sangre, el padre se acercó cauto, con la intención de ayudarla, ella apretó los dientes y lo miró, amenazante; el retrocedió hasta su esquina, y se mantuvo allí mientras ella expulsaba otro bulto, que esta vez, no era mas que una tripa grande, sanguinolenta y venosa. Entre ambos se comieron la placenta, al dia siguiente, mientras ella mantenía al bebé pegado de uno de sus senos.

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Los años pasaron y el niño se convirtió en hombre. Luego de matar a su padre y comerse crudos sus ojos y poner sus músculos al fuego para poder alimentarse más sabrosamente, se folló a su madre con toda la sevicia que pudo, después de todo, la amaba.