jueves, 29 de mayo de 2014

De las poetas suicidas. (02/03/13)

"Eternamente has de sentir el influjo de mi beso. Hermosa serás a mi manera. Querrás lo que quiera yo y lo que me quiera a mí: al agua, a las nubes, al silencio y a la noche; al mar inmenso y verde; al agua informe y multiforme; al lugar en que no estés; al amante que no conozcas; a las flores monstruosas; a los perfumes que hacen delirar; a los gatos que se desmayan sobre los pianos y gimen como mujeres, con voz ronca y suave."
 Los beneficios de la Luna, Charles Baudelaire.
  
Safo, Alfonsina, Violeta, Maria Mercedes, Anne, Sylvia, Alejandra, Virginia. Todas tocadas por la Luna, por la Noche, por la Tierra y la Muerte. Por todo aquello que abre las llaves del subconsciente, que vuelca sus imágenes surreales y oníricas como un torrente de agua azul profundo. Todas mujeres vientre-tumba, ouroboros en su magnificencia autodestructiva, la serpiente, aguatierra, fuego en los ojos y la lengua y el veneno, que se traga a así misma. Hay algo exquisitamente femenino en todas ellas, algo frágil y monstruoso, algo que pugnaba por abrirse paso a través de sus huesos y de sus ojos y encontró el camino a través de sus manos. Existe un muy bello lugar, tras el abandono del cuerpo físico, para las mujeres que escriben, que se suicidan. No puede ser el cielo, porque está hecho para los hombres, para la esencia masculina del ascetismo y la negación de los placeres del cuerpo. A quienes por elección o por nacimiento hemos nacido mujeres nos es imposible ser ascetas, desligarnos de los placeres y los dolores. No puede ser el infierno, pues eso ya lo experimentaron cuando fueron vivas: tener la posibilidad de crear mundos pero no poder sentirlos es sin duda, el peor de los castigos imaginables. Este lugar de reposo definitivo, esta zona limítrofe entre ser diosas y humanas, entre crear y vivir, es una tierra de crepuscular belleza, de horizontes teñidos de rojo sangre, de dedos pálidos, ojos grandes. De frondosos árboles de flores blancas, de vestidos flotantes a la luz, de agua cantarina y plateada. De juguetes, muñecos, momias, espejos, cisnes, niebla, hierba. De tornasoles espléndidos y grises lapidarios.

Cuando las mujeres tocadas por los signos de la noche, la luna y la tierra nacen, Madre Muerte hace un trato con sus almas. Les permitirá tener visiones fugaces del lugar al que irán, si  y sólo si se entregan voluntariamente a su beso helado. Les permitirá cantar con su voz, pintar con sus sombras y escribir con sus dedos. Madre Muerte, sin embargo, no les explica que ese don les consumirá, les atormentará, les hará entregarle a Ella sin duda alguna sus cuerpos mustios. Al nacer, y tras consumar el pacto, las abandonará, y sólo aparecerá como un suspiro en el cuello, como una fugaz exhalación precedida por el brusco despertar del sueño. Incansablemente estas mujeres-poetas seguirán su pista, y llegará un momento, el momento definitivo, en que su voluntad de hierro, su entrega al pacto, sus ansias de crear, las destruirá. Madre Muerte pondrá entonces la luz en sus ojos de nuevo con sus lágrimas, pues llora al constatar el sufrimiento de sus criaturas, y les dará acceso total a lo que antes sólo vislumbraron. 

 No te burles de la niña que solloza, que con sus enormes ojos mira, sin comprender, que habla con mariposas, que construye con pétalos pequeños castillos; que lee y escribe, que goza y sufre, y que parece poco enterada e interesada del mundo que habitamos el resto de mortales. Ella se contenta con narrar lo que no puede crear; hace los planos de su vida tras su muerte.

Ella ve.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Honey and Sulphur.



-Siéntate,hijo.

Tenía el pelo rubio, como el de ella. Del color de la luna llena en verano. Él mismo se había presentado en la casa de sus padres, campesinos humildes de un feudo vecino, que se habían postrado a sus pies en agradecimiento cuando les había anunciado que su hijo de doce años sería entrenado como paje del castillo de Tiffauges. Él mismo había seleccionado las ropas con que se vestiría, luego del baño, adornadas ricamente con brocados. No podía decirse que  Gilles de Rais escatimara jamás en ninguno de sus asuntos. El niño, con las mejillas arreboladas y aún vestido con su burda camisa de lana, se sentó en la tinaja de madera, llena de agua tibia. Lo dejó con sus sirvientas, que se encargarían de asearlo. Volvió a entrar en la cámara un poco antes de lo previsto, para observarlo mientras se vestía. Esa deliciosa mezcla de hombre y mujer, adulto y niño: cara suave, mentón redondeado y limpio, brazos largos y fuertes, la espalda que no había alcanzado su total envergadura. Lo miró a los ojos mientras el niño sonreía tímidamente. Descubrió con sorpresa y dolor que eran casi del mismo tono de gris acero que los de ella, pero los del niño eran totalmente inocentes. Los de ella habían brillado con un ardor extraño, ultraterreno. La primera vez que la vió, vestida de campesino en medio de las galas de la corte de Carlos VII, Delfín de Francia, ella tenía el pelo, las ropas y la caras sucias; pensó que era un muchacho. Era alta y delgada, y su cara, casi demasiado dulce, una criatura andrógina que despertó su entrepierna a la vida.La vió lanzarse a los brazos de Carlos con una expresión irracional en el rostro, susurrarle al oído, transfigurada, y luego caminar dócil y tímida a su lado hacia una estancia privada, otra vez una muchacha campesina de diecisiete años. En ese momento él, Gilles, supo que Juana también hospedaba en su interior una voz a la que era imposible callar. 

Examinó al niño con toda la desvergüenza que un noble podía permitirse. Palpó sus brazos elogiándolos por su fortaleza, diciéndole al chico que sería un gran paje de armas, observó su torso delgado, sus manos plagadas de cicatrices de trabajo. Incluso tocó su pelo, fingiendo reprenderlo. Lo llevaba muy largo, el largo que era permitido en niños pequeños y en doncellas, y el no era ninguna de las dos cosas. Era sedoso, pero no podía igualarse a los gloriosos rizos de Juana.

La recordó, enfundada en una armadura recién bruñida, hecha a medida para ella, la flor de Lis y la cruz en su pecho, el pelo cayéndole suelto casi hasta la silla del caballo, el estandarte blanco al viento. La mensajera intocada de Dios, la virgen prometida, su rostro y su cabello tan frágiles, sobresaliendo de aquella coraza de acero. Estiró la mano para tocarla, al igual que los campesinos, que los soldados, que sus compañeros nobles. Juana había sentido su toque ligero en uno de sus rizos, y volteó su rostro hacia él, lleno de luz, y le sonrió. -Te conozco, Gilles de Rais- había susurrado una voz dulce en su interior, al mirarla, en un instante fragmentado del tiempo.-Tengo también para ti un mensaje. 

Al otro lado de la puerta, un sirviente tocó discretamente, anunciando que pronto se iniciaría el canto de las vísperas. Gilles lo despachó con un movimiento de cabeza. En la capilla, que quedaba a dos habitaciones de distancia, se inició un Salve, Regina que casi lo lanzó al suelo. Un escalofrío de placer lo recorrió, pues adoraba el canto gregoriano. A ella también le gustaba. Le gustaban las misas, le gustaba orar. Le gustaba meditar por horas, de rodillas. Esa muchacha piadosa, dulce y tímida era incompatible con la que iba a la batalla, la mensajera de Dios. Durante el sitio de Orleáns la había conocido en toda su furia, una Ártemis griega blandiendo la espada, inflamada por el ardor de su locura fanática, gritando los sagrados nombres de la Trinidad mientras atravesaba torsos y cortaba cabezas. La había conocido también en toda su fragilidad, herida y desnuda,bajo las manos temblorosas del físico que le vendaba los pechos, que se movían cada vez que ella tosía algo de sangre, llorando por los fallecidos e invocando a la madre de Jesús, pidiendo misericordia por sus almas. Se había arrodillado frente a ella cuando el médico se fue, tomándole el rostro con ambas manos,sucio de hollín, tierra y sangre, y le había limpiado las lágrimas con los pulgares. Se habían comunicado sin palabras. Juana le dijo que Dios le perdonaría su sed de sangre, su crueldad y sus pecados de juventud, que perdonaría su oscuridad innombrable si la seguía fielmente, peleaba por ella y se arrepentía de sus faltas. Él la besó brevemente en los labios y hundió la cara en su regazo, llorando de júbilo, sellando su pacto. En ese momento Gilles de Rais decidió que amaría a Juana de Arco hasta el día de su muerte, y si fuera necesario, moriría por ella. Amar a Juana le salvaría del Infierno. Le salvaría de sí mismo. Pero ella ya no estaba y él se había entregado al frenesí salvaje con sus demonios. 

Tomó unas tijeras de plata de una mesita y le informó al niño que le cortaría el cabello. El muchacho, sumamente apenado, le dijo a trompicones que no se molestara el gran señor, que ya estaba enormemente agradecido y que se cortaría el pelo él mismo con la ayuda de un espejo. Él insistió, recordándole que estaba en su casa y debía acceder a todos sus caprichos. El chico volvió a ruborizarse y se sentó en la silla junto a la ventana, donde daba más luz, que le indicó. Las tijeras sisearon y el primer mechón cayó al suelo. Ella, furiosa, antes de su primera batalla, había gritado histérica a los nobles comandantes que debían escucharla porque sus palabras eran órdenes de Dios. Ellos le habían contestado que en asuntos de guerra no tenían porqué escuchar a una mujer. La vio enrojecer, como si la hubieran golpeado en la cara, sacar la espada de la vaina que llevaba al cinto y sin dudar un segundo, tomar un gran mechón de pelo a la altura de su cuello y cortarlo de un tajo. Él se había lanzado hacia ella antes de que se hiciera daño, le quitó la espada de las manos,la abrazó y se ofreció a cortarle el cabello, en susurros, para calmarla, mientras Juana daba alaridos desaforados, gritando que si así ya se parecía a un hombre, y que así tendrían que escucharla. Tuvo una intensa sensación de deja-vu cuando cortó el segundo mechón de cabello del chico pretendiente a paje. Se vió a sí mismo en una estancia iluminada por velas de sebo, lamentando profundamente cortar la hermosa cabellera de Juana a la moda masculina de la época, como la capota de un hongo, con las patillas y la nuca rasuradas. Recorrió brevemente con las puntas de los dedos la nuca de él, como hizo con la de ella, y vio como los vellitos dorados se levantaban, el escalofrío. Recordó la intensa urgencia que tuvo en ese momento de levantarla de la silla, rasgarle la ropa, besarla y lamerla en todos sus lugares sagrados, y desvirgar a la Doncella de Lorraine y apartarla de Dios y hacerla sólo suya. Entonces escuchó a Juana rezar, murmurando rápidamente, hablar y preguntar. Si, debía hacerse, se decía. Y luego ella preguntaba de nuevo si estaba bien que se vistiera como un hombre,que abandonara su femineidad, temblando. Y volvía a confirmarse a sí misma que debía hacerse. Si hubiera sabido que tras su captura, uno de los más fuertes argumentos para condenarla sería ese, Gilles jamás se habría ofrecido acortarle el pelo. La habría embutido en vestidos de seda, se los habría pegado a la piel, con tal de verla viva. 

Con una sensación punzante en el pecho, dejó la tijera sobre una mesa y le dio la espalda al chico, se acercó a otra mesa y tomó de ella una copa de metal y la jarra de vino, se sirvió y bebió, aunque ya estaba tibio y desagradable. Ella, borracha de felicidad y de licor tras la coronación de Carlos en Reims, la única vez en que a los ojos de Gilles había parecido un ser de carne y sangre, había girado en los brazos del cada vez más ebrio La Hire hasta caer al suelo. Cuando La Hire pudo quitársele de encima, Juana ya estaba profundamente dormida. Gilles la tomó en brazos y la llevó hasta la cámara que tenía asignada, preso de un ansia lobuna. La despojó de la armadura, de la cota de malla, de camisa y pantalón y la tuvo ante él, desnuda, blanca como la nata pero tachonada de cortes nuevos y cicatrices viejas. Recorrió con manos temblorosas sus muslos, su abdomen, sus pechos, y se descubrió a sí mismo imaginando cosas horrendas y relamiéndose, y adoró tal suciedad. Se imaginó que la seducía, primero, la quebraba hasta verla derrotada por las ansias. Se imaginó que la tomaba dulcemente, como debía hacerse con toda doncella primeriza, que se enternecía ante el chasquido y la primera sangre, que limpiaba una lagrimilla de dolor de su rostro y la besaba en los labios. Se imaginó que luego la amarraba, la golpeaba hasta dejarla irreconocible, la vejaba por todos sus orificios y luego hacía orificios nuevos con su daga para seguirse complaciendo, mientras sus alaridos le perforaban los tímpanos. Se imaginó degollándola, cara a cara, ver como sus ojos se daban vuelta por el dolor y el horror, y luego cómo la pupila se dilataba, se lo tragaba, mientras él tenía un orgasmo salvaje bañado en la sangre caliente que se derramaba de su cuello. Abrió los ojos y descubrió que sentía el pene palpitante, perdiendo la erección, y la inconfundible humedad viscosa de la eyaculación en su ropa. Y que ella seguí allí, dormida, blanca, pura. Inocente. Lloró como un niño mientras la vestía de nuevo, y se sentó en una silla, junto a su cama, para que ninguno de sus compañeros, borrachos como estaban, quisiera hacer lo mismo que él había pensado hacer.

-¿Señor?-llamó el chico.- ¿Os pasa algo, señor?¿Queréis que llame a alguien?-murmuró el muchacho, trayéndole de nuevo al presente. Se había puesto en pie y estaba a una prudente distancia de él, con una expresión asustada.-Tenéis el rostro muy enrojecido, señor, ¿os he ofendido en algo?

-Siéntate,Bastien. Terminaré de cortarte esa melena y podrás ir con mis otros pajes para iniciar tu entrenamiento.-dijo Gilles con un tono despreocupado.-No es nada.

Bastien, sorprendido por que tan digno señor conociera su nombre y lo tratara como a un igual, se sentó loco de contento de nuevo junto a la ventana. Apenas le dio la espalda, la sonrisa de Gilles se desvaneció con rapidez, recriminándose por su falta de control. Si no quería arruinar las diversiones debía controlarse. Otro mechón cayó al suelo. La recordó rodeada, en el lado equivocado de las puertas de Compiégne, los burgundios como una plaga, por todas partes, y él dentro, gritando que la puerta debía abrirse, que Juana debía entrar, que debían salvar a Juana. Vio que la bajaban de su caballo blanco, que la golpeaban en la cabeza y ella se desmayaba.   

 El último mechón de pelo de Bastien cayó al suelo, ahora debía buscar una navaja barbera; la encontró en la misma mesita. Estaba tan afilada que no necesitaba humedecer la parte inferior del cráneo del chico. Se estremeció pensando qué maravillas podría obrar esa navaja en un cuerpo. Procedió con calma, con delicadeza,mientras en su interior se recriminaba por enésima vez el no haber llegado al menos un par de horas antes, para sacarla de su prisión, apoyado por el destacamento de mercenarios que había contratado, gastando gran parte de su mermada fortuna. Llegó a tiempo para ver sus cenizas ascendiendo en espirales hacia el cielo. Llegó a tiempo para ver su corazón intacto entre las ascuas.Una fracción de segundo antes de decidirse a enterrar la navaja en el cuello del chico, escuchó su voz. Indefectiblemente, funcionaba. “No lo hagas, querido mío, amado Gilles, no lo hagas”. Sonrió y puso su mano sobre la boca del niño,a la vez que con la otra le cortaba el cuello. Juana gritaba en su oído, histérica. Esa era la única manera de traerla de nuevo a él. El Salve Regina, continuaba en crescendo, mientras el chico caía al piso, llenando la alfombra de sangre, y él se sentaba en la silla, observándolo detenidamente mientras se retorcía en agonía y miedo. Se inclinó para tomar un mechón de pelo rubio del piso de piedra, y tomó de nuevo la copa de vino, bebiéndolo mientras Bastien sufría los últimos espasmos.Sintió un suave beso en su mejilla, y algo húmedo, que se tocó inmediatamente con los dedos. Una lágrima, que no era suya. Una lágrima de ella. Suspiró, embebido en la canción y en el momento. Mañana volvería a traerla hacia él. Haría lo que fuera por escuchar su voz de nuevo. Mañana haría paje a otro niño rubio.

domingo, 3 de febrero de 2013

Receta para olvidar a la griega usanza.


Para olvidar los besos cálidos sobre las vértebras recubiertas de suave piel, y el entrechocar suavísimo de sus huesos contra los tuyos:


El primer paso
es vivir una monótona vida
                                 rutinarutinarutina
                               lavarbarrerordeñarcabras
                                              oloqueseaquetus(o)uciedadconsidererepetitivo
Hazte indigno del favor de los dioses
y también de su odio.


El segundo, tal vez el más traumático,
es cortar tu hilo plateado,
o esperar a que las Moiras lo hagan por ti.


Recuerda pedir el óbolo
(dos monedas, sobre los ojos,
                                        bajo la lengua
                                                           -que tu cadáver no hable, no vea- )
y entregarlo a Caronte.
El sabrá a dónde debe llevarte.

-Grises, verdes, blancos, grandes campos de flores grises, verdes y blancas.-


El tercer paso, y es ésta la receta definitiva,
es masticar asfódelos crudos,
flor del recuerdo,
                      flor de los muertos;
e inmediatamente, para deshacer lo hecho,
beber a grandes tragos agua del río Lete.

Así eternamente.

lunes, 26 de marzo de 2012

I

Mis niños muertos

juguetean desprevenidos entre los cipreses de mi mente.

Cosen con sus deditos torpes y grises mi mortaja,

pero abatidos, llenan el lino blanco de taras y nudos,

temen el pinchazo de mis agujas en sus carnecitas yertas.

Mis niños muertos corretean

y entre risas me llaman, para que me una a sus cantos

entre las tumbas.

II

Esperan pacientemente a que les cubra sus cuerpitos fríos

les susurre una nana

y bese sus mejillas pálidas y marmóreas

antes de dormir.

Mis niños muertos

se acurrucan a mi lado en la cama.

Mis niños muertos, con sus labios cuarteados

lloran de sed

porque mi llanto no es suficiente para atizar el ardor en sus gargantas.

III

A veces se portan mal, quiebran mis jarrones y dibujan con crayola en mis paredes.

(mesacanlosojoscortanmisvenasquiebranmishuesos

mearrancanelpelometumbanlosdientesymemasticanlasmanosylospies)

y a pesar de que amo a mis niños muertos, los pongo uno a uno boca abajo sobre mis rodillas

e inicio una zurra en sus nalguitas gélidas.

Mis niños muertos se esconden entre el armario, tras la puerta,

tras las cortinas

y sollozan de miedo

cuando estoy enojada.

IV

Mis niños muertos

me seducen eternamente con sus sonrisas

toman mis manos y se aferran de mi vestido.

Llenan mi cabello de lirios fantasma, me obsequian mariposas grises,

dibujan con su aliento y sus dedos en mis espejos y ventanas.

Odian la piel viva y la sangre caliente

la carne palpitante que me cubre.

miércoles, 25 de enero de 2012

Memento

Recuerdo haber sido una niña. Haber visto mis pequeños piececitos bailotear en el aire porque desde la silla, no alcanzaban el suelo. Recuerdo haber dado vueltas sobre mi misma sólo por el placer de mirar como los pliegues de mi falda de terciopelo verde se movían. Recuerdo haber olido lirios, recuerdo el amable beso del sol sobre mi rostro

/recuerdo los gritos, recuerdo la carne magullada, la carne aporreada por las manos amadas, el olor a alcohol, recuerdo el restallar de la correa sobre mi piel, los tirones en mi pequeño cráneo y ver entre sus dedos manojos de mis cabellos/

Recuerdo haber llorado cuando mi primera sangre manchó mis muslos. Recuerdo haber escondido mis pechos que apenas despuntaban bajo camisas anchas. Recuerdo haberme mirado al espejo y no saber quién me devolvía la mirada.

/recuerdo el zumbido del ordenador, el olor a libros nuevos, mis interminables sesiones de escritura, mi obsesión por dibujarlo todo; recuerdo ver siempre un peso distinto en la balanza, los vómitos que me prometían deshacerse de toda mi miseria/

Recuerdo haber amado, y sentido con toda crueldad, los barrotes incandescentes de mi jaula. Recuerdo las tardes lacrimosas en las que sólo estabamos yo, su olor y mis recuerdos. Recuerdo las noches de inmenso vacío.

/Recuerdo la sangre, sí, su sangre en mi sangre, mi sangre en su boca. Recuerdo haber deseado morir con toda la intensidad flameante de la vida. Recuerdo todas y cada una de las pastillas que eran, como las migajas de Hansel y Gretel, mi camino a la tan deseada autodestrucción. Recuerdo haberme rasgado con las uñas la carne de los brazos al descubrir que seguía viva/

Recuerdo haber sido un ave con las alas rotas. Recuerdo haberme limpiado las lágrimas y recoger cada uno de los pedazos de mi antiguo ser. Recuerdo haber pensado que yo ya no era yo, y que no quedaba nada de mi que pudiera ser destruído, porque todo estaba en ruinas.


Recuerdo haber sido una niña...

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Un cuento cruel

I

Tenía los ojos profundos y miembros flexibles; era largo y flaco y musculoso, felino, como una pantera. Yo tenía ojitos redondos y vivaces, ojitos brillantes, y un pico largo y afilado, y garras y uñas afiladas, y un montón de plumas negras como el carbón; a pesar de mi filo, de mi dieta carroñera, sólo tenía un par de alitas frágiles y un buche transparente.

II

Me miró un largo tiempo. Desde la rama yo lo contemplaba indolente, le mostraba mi carne y mi plumaje, de su hocico salían espumarajos de rabia, trataba de treparse a mi árbol, yo me reía con mi cántico ululato, y el gruñía y gruñía. Y lo miré un largo tiempo. Y mis ojitos brillantes se perdieron en esos abismos que tenía por ojos. Se quemaron en las brasas de su avidez. Se deshicieron en sus ronroneos anhelantes.

III

Él lamía la sangre de mis heridas, y yo ululaba de placer, y me sometía sin miedo a sus colmillos y a sus garras, yo lo acariciaba con mis alas y le picoteaba los ojos, y todo era hermoso, y el cielo y el mundo y todo daba vueltas, y mi abrevadero era también su sangre, y nos quedábamos, por largo tiempo, cazador y presa, cazadora y preso, mirándonos largamente, agotados del delirio, adictos al espasmo. Era la carnicería del amor.

IV

Una niña juguetona sintió miedo. Yo solía cantar en su balcón, aceptaba de buen grado los barrotes de su jaula plateada. Cuando intentaba cortarme las alas con sus tijeras, tijeras afiladas, y me llamaba con su voz dulzona, yo intentaba ignorarla, y fingía que cantaba. No le gustaba nada que se estuvieran comiendo a su pajarito. Luchó con sus tijeras. Le hirió el alma a mi cazador. Le puyó el abdomen, le arrancó las garras. Él, como buen cazador, no iba a dejar a su presa, me hincó los dientes tan profundo que cuando ella me arrancó de su hocico, dejó la mitad de mí metida en él.

V

Yo, desangrada, rota y sin alas, lo vi partir tras los barrotes plateados de mi jaula. Ella sonreía. Y me pedía que cantara, con la sonrisa en sus retorcidos labios de niña. En su mente de niña no podía comprender que mi trino se había quedado con él.

VI

Hubieras dejado que me devorara, que me consumiera. Hubieras dejado que me muriera en su agónico abrazo. Hubieras dejado que me deshiciera entre sus mandíbulas, ese era mi destino, no éste, nunca éste. El se fué y buscó otra presa. Y yo sigo siendo sólo el cadáver de un pájaro con las alas rotas, pudriéndose y fingiendo que canta y que sonríe para corresponder a tu sonrisa de niña en tu casa de niña en tu mundo cómodo de niña buena.

jueves, 30 de junio de 2011

Engel/Traum

Desde que me imaginé esto en mi cabeza no quiso dejarme en paz y dió muchas vueltas hasta que tomó forma. Es meloso. Inimaginablemente meloso, casi asquerosamente dulce. Pero en este momento necesito algo que me de esperanzas. Los lectores sabrán disculpar este lapsus en mi normalmente agria -y de mucha mejor calidad-escritura.


.................................................................


-Déjamela como un angelito.-sollozó la madre, sosteniendo a duras penas un pañuelo empapado en lágrimas y mocos, y un rosario, entre las manos temblorosas. El padre le sostenía los hombros convulsos sin siquiera pestañear. Le entregó a la mujer menuda, vestida con una bata hospitalaria y una careta anti-salpicaduras de acrílico transparente, un vestido blanco, largo hasta los pies, ropa interior blanca, unos zapatos como de muñeca, también blancos, unos pequeños aretes de oro, un anillo engastado con una discreta piedra en forma de corazón y le especificó que su pelo debía estar rizado, como el de un querubín de iglesia.

Hacía apenas un año que Desiré ejercía la tanatopraxia como sostén económico. De ella, de sus tres gatos, de su tinte negro para el pelo, cigarrillos, vino, corsets y lápiz negro para ojos. De sus fines de semana y de la escasa comida que ingería dia tras día. Los cuerpos muertos eran para ella pedazos enormes de gelatina, de carne, que transformaba en arte póstumo. Al menos era esa su premisa estética. Darle a cada difunto un último coqueteo con la vanidad. Los fotografiaba con su vieja Polaroid cuando el trabajo ya estaba terminado, y entregaba discretamente a la familia una copia. En general, se lo agradecían. Otros rompían la foto y lanzaban los trozos a sus pies, gritando cosas que a ella en realidad no le importaban, pues no había nada que valiera la pena escuchar de alguien que no valoraba la majestuosidad de su obra: convertir un cadáver putrefacto en un retrato de la eternidad.

Pero la pequeña que le habían entregado en una larga bandeja plateada ese día, era un cuerpecito especial.

Tenía que dejarla como un angelito.

Se aproximó al congelador y abrió el cajón, parecido a un archivador de oficina, en donde estaba guardada. La puso con cuidado en la camilla de procedimientos, con rueditas, y la llevó hasta su área de trabajo. Tenía una pequeña etiqueta en el dedo gordo del pie. Se la retiró con cuidado y leyó lo que venía en ella. Tenía diecisiete años. Se había suicidado. Retiró la sábana que la cubría.

Sobre la mesa, estaba el blanco y delgado cuerpo de una hermosa niña. Al verla, inmediatamente pensó en una blanca nieves envenenada. La nariz pequeña y recta, las cejas bien delineadas. El pelo, negro, liso, brillante. La boca pálida y bien formada, los pómulos altos. El frágil cuello, los delgados brazos, los finos dedos rematados en unas uñas bien cuidadas y pintadas de negro, con el barniz desconchado. Los senos pequeños, coronados por definidos pezones que ahora estaban amoratados y distendidos por la muerte. El vientre liso, pálido, plano. Los muslos largos y delgados. Levantó uno de sus brazos. Un severo tajo lo recorría, desde la muñeca hasta el codo, en una delirante línea recta. El otro también tenía un corte, menos largo, menos profundo, ya no tenía tanta fuerza como para ejecutarlo con tanta perfección como el primero. Empezó a observarla con más detenimiento. En su ceja derecha estaban las dos pequeñas cicatrices circulares de un piercing sanado hacía tiempo, al igual que en una de las aletas de su nariz, en la mitad de su labio inferior. En sus orejas había varias perforaciones, en sus pezones y en su ombligo. La volteó un poco para mirar su espalda, donde encontró un enorme tatuaje a blanco y negro, lleno de mariposas oscuras, de ramas retorcidas y de tumbas.

Desiré sonrió. Era hermosa. Y a la vez surgió en ella un pensamiento perturbador.

Tenía que dejarla como un angelito.

Inmediatamente lo procesó como un insulto. La madre quería ignorar los gustos y preferencias de la pobre y difunta niña. Quería vestirla como a una pequeña de cinco años, como a la niña que no supo cuidar ni escuchar.

Se puso los guantes y procedió a canalizar la vena yugular del cuello de la niña, para extraerle la sangre restante. Salió muy poca. Era obvio, había muerto desangrada, tenía los brazos, el pecho, la cara, el pelo, untados en sangre, los dedos, los muslos, todo. Tenía que remediar eso, pero luego.

Después le inyectó una solución desinfectante y disecante, que limpiaría y secaría los tejidos,permitiendo su conservación. Mientras tanto, abrió su abdomen con la clásica Y, separó sus costillas y respetuosamente tomó cada uno de los órganos de su cavidad abdominal y los puso sobre la mesita auxiliar. Rellenó el cuerpo con una fibra vegetal algodonosa, de manera que conservara lo mejor posible su forma, y procedió a cerrar tan cuidadosamente las suturas como lo hubiera hecho con alguien vivo para no dejarle la mas mínima cicatriz. Puso otra intravenosa en la arteria femoral de una de sus piernas, con el mismo químico desinfectante. Al terminar de pasar el líquido con la bomba a presión, tomó la manguerilla de agua y bañó a la niña con jabón, y le lavó el pelo lo mejor que pudo. Le sacó todos los restos de sangre y la dejó inmaculada. Procedió, con ternura y delicadeza, a rellenar sus orificios con algodón de manera que no se notara. Puso dos pequeñas motitas en sus oídos, dos en sus fosas nasales, y le abrió la boca, para meterle el algodón en la garganta y en la cavidad bucal. Luego se la cerró, cosiendo la encía inferior a la superior con la ayuda de un hilo grueso y una aguja curva. Al final selló los labios con una pequeña porción de pegamento super fuerte transparente. Lo mismo hizo con los párpados. Le secó el pelo con un secador de mano.

No podía vestirla con esas ropas infantiles que la familia le había proporcionado. No podía simplemente ponerle un miriñaque blanco, unas mediecitas infantiles y sonrojarle las mejillas con rubor en polvo, ni rizarle el pelo como a una eterna muñeca. Dejo los guantes y la bata, salió del laboratorio, cerrándolo con llave, tomó su motocicleta e hizo una rápida parada técnica en su casa. Rebuscó entre los cajones todo lo que necesitaba. Aquella niña merecía un último homenaje a lo que había sido en vida, no a lo que sus padres querían que fuera.

Cuando llegó de nuevo a la casa de funerales, el corazón le palpitaba con violencia. Si su jefe descubría que había salido en horas de trabajo, la despediría. Después pensó que igual iban a despedirla por ello. Los padres se quejarían por la “pequeña” licencia estética que se había tomado con su “angelito”.

Al abrir la puerta del laboratorio, le sucedió lo que últimamente le pasaba, la alucinación de todos los días. El cadáver de turno estaba sentado sobre la mesa de operaciones, con la Y del tórax palpitante, y le sonreía. Al parpadear, volvía estar acostado y tan tieso como una tabla.

Pero eso no le sucedió con la pequeña. Ella seguía con los ojos abiertos, mirándola, expectante.

-¿Tu vas a arreglarme, cierto?-preguntó. Se suponía que tenía la boca cosida y sellada, pero movió los labios con naturalidad y articuló dulcemente cada uno de los sonidos. Desiré, más pálida que el cadáver en la mesa, le contestó afirmando con la cabeza, pues no podía hablar.

-P..Po..Porfavor, recuéstate.- al fin pidió. La joven obedeció, mirando al techo. Tenía unos espectaculares y brillantes ojos grises, de largas y tupidas pestañas. –Voy a ponerte la ropa interior, así que necesito que me ayudes alzando las piernas y luego el torso.

La joven asintió. Alzó las piernas, ayudándole a Desiré a poner los panties de encaje negro en su sitio. Luego se sentó, para que pudiera ponerle el brasier y abrochárselo en la espalda. Desiré temblaba. ¿Qué le estaba pasando? Ni en sus peores viajes de ácido le había sucedido algo como esto. La joven muerta le sonreía, esperando a que continuara.

-Tus papás me pidieron que te vistiera con esto.-dijo Desiré, y le mostró el vestido blanco, las enaguas de encaje con listones rosados, los zapatitos blancos, la joyería de niña. El rostro sonriente de la joven muerta se demudó en un gesto de asco, y luego de rabia.

-¡Nunca entendieron!-chilló.- ¡Nunca entendieron que yo no quería ser lo que ellos querían que fuera! ¡Yo nunca fui una muñeca! ¡Ponme hermosa, porfavor!-gimió.- ¡Ponme hermosa, pero no con esas ropas, no de ese modo! ¡Hazme hermosa y triste! Para mis padres siempre fui una muñeca de aparador. Me entristece que ni siquiera muerta me respeten, pues también quieren sellarme, vestida como una Barbie, en mi propio ataúd.

Mientras hablaba, se llevó las manos al rostro. Al retirarlas Desiré vió brillantes lágrimas en sus mejillas. En un impulso que la desconcertó, abrazó al delgado cadáver, y éste contestó al abrazo con fuerza. Ambas sollozaron. La madre de Desiré jamás había comprendido, tampoco, su elección de vida y sus gustos estéticos, y había dejado de hablarle. Su padre la llamaba puta y otras cosas que no le gustaba recordar. Era su misma historia, era un reflejo, un reflejo frágil que había decidido quitarse la vida; Desiré, pusilánime y cobarde, no había podido jamás. Al separarse de ella, el cadáver estaba frío, exangüe, los ojos y la boca sellados para siempre. El abrazo mutuo que había imaginado jamás sucedió. Llorando, procedió a arreglarla. Ella era también parte de su luto.

La vistió con un primoroso vestido negro de tupido encaje, de mangas largas y anchas, largo hasta los pies, que calzó con unas modestas balletes negras. Le alisó el pelo con la ayuda de una planchita para cabello. Suavizó las pequeñas manchas moradas de su rostro, cuello y escote con maquillaje. La maquilló hasta que su piel, de por sí blanca, empalidecida por la muerte, resplandeció aterciopelada, como una estatua de mármol mate, exquisitamente tallada. Cubrió los párpados con una línea de kohl y sombra negra. Definió las cejas en un bello arco. Pintó primorosamente los labios con un rojo sangre, le puso mascara en las pestañas. Le limó las uñas y maquilló también sus dedos y sus manos. Pintó sus uñas de negro. Puso joyería en color plata de piercing en su ceja, un aro en la aleta de su nariz y otro aro en su labio inferior. Luego, con ayuda del sistema hidráulico de la camilla, la puso en el ataúd que habían destinado para ella, una hermosa caja plateada cuyo interior estaba amoblado en blanco. Le arregló el largo pelo negro, para que se extendiera sobre sus hombros y cayera fuera del ataúd. Le entrelazó los dedos con cuidado sobre el pecho. Sacó su Polaroid y le tomó varias fotos. Y salió llevando el ataúd en un carrito hacia la sala donde los dolientes esperaban.

Al llegar le impactó la cantidad de jóvenes vestidos de riguroso luto que aguardaban llorando. Llenaban la sala y sus alrededores. La familia, una pequeña mancha de color entre tanto negro, parecía asediada, asustada. Los amigos de la joven Alicia, que así ponía que se llamaba en las coronas fúnebres de blancos lirios, fueron acercándose lentamente a la caja, mientras Desiré retrocedía discretamente. Le sorprendió ver que sonreían entre las lágrimas. Exclamaciones de admiración los recorrieron. Estaba hermosa, decían. Más hermosa que nunca. Sonreían y lloraban. Decían que Alicia estaría feliz si pudiera verse. La madre de Alicia se abalanzó hecha una fiera sobre Desiré, gritando histérica que esa no era su hija, que ese no era el angelito que había deseado.

Un silencio sepulcral llenó la antes -lúgubremente- animada sala. Todas las miradas se dirigieron, furiosas, a la madre de Alicia, que soltó los hombros magullados de Desiré, a quien le había exigido que lavara y vistiera a Alicia de nuevo como se lo había pedido.

-¿Señora, sabe porqué se mató su hija?-se alzó una solitaria y quebrada voz masculina desde una silla. Un hombre alto y delgado de hombros anchos y pelo lacio y castaño, con los ojos hinchados de tanto llorar, se puso de pie y se acercó al ataúd.-Se mató porque usted nunca la quiso como ella era. Se mató porque usted amaba en ella sólo las cosas que la complacían. Sólo los éxitos que ella lograba bajo su presión y sin reales ganas de lograrlos. Cuando ella quiso ser ella misma usted la rechazó, la golpeó, la humilló. Le prohibió ver a sus amigos, le prohibió verme. Yo amo a su hija, amé a su hija más de lo que nunca amé a nadie, y fui testigo de su sufrimiento. Nunca nada fue suficiente para usted y para su esposo. Si ella no era ni se vestía de la forma en que ustedes querían automáticamente dejaba de ser su hija. Todos los que la conocimos de verdad sabíamos que era una mujer educada, dulce, tierna, talentosa. ¿sabía usted que Alicia hacía unos maravillosos solos de guitarra en su banda? Sólo supieron de los concursos de música en los que participo como intérprete de cello, que es “respetable y decente”, ¿no?

-¡CÁLLESE, IMBÉCIL!-le espetó furioso el padre de Alicia, abrazando a su mujer.- Nosotros tomamos las decisiones que consideramos convenientes para asegurarle una buen futuro a Alicia, un futuro libre de drogas, de excesos, hacerla una mujer piadosa, temerosa de Dios, casta, buena, darle una educación que le sirviera para la vida futura y que pudiera encontrar un buen marido! ¿Es eso un crimen? Sólo fuimos buenos padres con ella. Alicia fue una desagradecida que renegó de nuestras costumbres, se alejó de la educación cristiana que le dimos, se dañó su cuerpo con esas porquerías que se clavó y se rayó en la piel, mire, ¡se suicidó para hacernos sentir mal! ¿No es esa suficiente prueba del tiempo y el dinero y el esfuerzo perdidos en ella? ¡Ustedes me malograron a mi hija! ¡La culpa es de todos ustedes! ¡La culpa es suya, maldito bastardo, usted la convenció para que se matara! ¡Como no podía tenerla para usted porque nosotros se lo impedimos, entonces la convenció para que se matara!

Desiré, que durante la discusión había permanecido callada al lado del ataúd, miró a Alicia, que le devolvía la mirada, llorando.

-Dile a Miguel que no llore. Dile a Miguel que lo amo. – susurró -Dile que dentro del florero azul de la casa de su madre le dejé una carta. Diles a todos que los quiero, incluso a mis padres, que los perdono.

Cuando Desiré parpadeó, Alicia volvía a estar tiesa y con los ojos cerrados. Resuelta, se dirigió a quien creía ella que era Miguel, el muchacho del pelo castaño, y le comunicó el mensaje. El la miró asombrado. Las voces de los amigos de Alicia se alzaron de nuevo, diciendo cuánto la amaban, cuánto la admiraban, cúanto la conocían y cuanto habían luchado todos juntos para que permaneciera viva, pero al final el sufrimiento se hizo insoportable para ella. Desiré permaneció en la sala lo suficiente para escuchar los sollozos de la madre sobre el cajón de Alicia, sus “te amo hija, perdóname”, y sonrió de oreja a oreja. Su jefe la esperaba muy malhumorado en un pasillo. Al parecer iba a despedirla. La hizo entrar a su oficina y cerró la puerta de un enérgico portazo.

-¡Niña loca! ¿Por qué no sigues las instrucciones dadas? ¡Por tu culpa podemos quedarnos sin clientes! ¿No te das cuenta? ¡Eso que haces no está bien! ¡Se deben seguir las instrucciones de los familiares!

Alguien llamó a la puerta discretamente. El jefe de Desiré, con la cara rechoncha casi amoratada de ira, se levantó de su silla tras el escritorio y abrió la puerta. Allí estaba la madre de Alicia.

-Le quería dar las gracias, señorita. Hizo un excelente trabajo con mi nena. Me la dejó como un angelito. No precisamente el que yo quería, pero así lo hubiera querido ella, y sé que es muy tarde para arreglar muchas cosas que hice, pero me hace comprender lo mucho que la amo. Muchas gracias.-dijo la madre de Alicia, sollozando. Desiré miró a su lado izquierdo. Allí estaba sentada Alicia, con el vestido negro, sonriéndole.

Desiré despertó, con el corazón latiéndole rápidamente dentro del pecho. Se pasó una mano por la boca para limpiarse las posibles babas. De nuevo se había quedado dormida en el laboratorio. Lo que la había despertado, fue su auxiliar, un muchacho gordito con la cara picada de acné en el que ella no confiaba demasiado. Nunca lo dejaba a solas con las difuntas.

-Desiré, afuera están los familiares de la paciente de hoy.-le explicó sucintamente. Desiré se levantó, con el leve vértigo que precede a la sensación de deja-vu. Al abrir la puerta se encontró de cara con una pareja algo mayor. La mujer tenía los ojos grises, un pañuelo y un rosario enredados en las manos. El hombre tenía el pelo negro. Desiré sonrió.

-Tranquila, señora. Su niña está en buenas manos. Se la voy a dejar como un angelito.