I
Tenía los ojos profundos y miembros flexibles; era largo y flaco y musculoso, felino, como una pantera. Yo tenía ojitos redondos y vivaces, ojitos brillantes, y un pico largo y afilado, y garras y uñas afiladas, y un montón de plumas negras como el carbón; a pesar de mi filo, de mi dieta carroñera, sólo tenía un par de alitas frágiles y un buche transparente.
II
Me miró un largo tiempo. Desde la rama yo lo contemplaba indolente, le mostraba mi carne y mi plumaje, de su hocico salían espumarajos de rabia, trataba de treparse a mi árbol, yo me reía con mi cántico ululato, y el gruñía y gruñía. Y lo miré un largo tiempo. Y mis ojitos brillantes se perdieron en esos abismos que tenía por ojos. Se quemaron en las brasas de su avidez. Se deshicieron en sus ronroneos anhelantes.
III
Él lamía la sangre de mis heridas, y yo ululaba de placer, y me sometía sin miedo a sus colmillos y a sus garras, yo lo acariciaba con mis alas y le picoteaba los ojos, y todo era hermoso, y el cielo y el mundo y todo daba vueltas, y mi abrevadero era también su sangre, y nos quedábamos, por largo tiempo, cazador y presa, cazadora y preso, mirándonos largamente, agotados del delirio, adictos al espasmo. Era la carnicería del amor.
IV
Una niña juguetona sintió miedo. Yo solía cantar en su balcón, aceptaba de buen grado los barrotes de su jaula plateada. Cuando intentaba cortarme las alas con sus tijeras, tijeras afiladas, y me llamaba con su voz dulzona, yo intentaba ignorarla, y fingía que cantaba. No le gustaba nada que se estuvieran comiendo a su pajarito. Luchó con sus tijeras. Le hirió el alma a mi cazador. Le puyó el abdomen, le arrancó las garras. Él, como buen cazador, no iba a dejar a su presa, me hincó los dientes tan profundo que cuando ella me arrancó de su hocico, dejó la mitad de mí metida en él.
V
Yo, desangrada, rota y sin alas, lo vi partir tras los barrotes plateados de mi jaula. Ella sonreía. Y me pedía que cantara, con la sonrisa en sus retorcidos labios de niña. En su mente de niña no podía comprender que mi trino se había quedado con él.
VI
Hubieras dejado que me devorara, que me consumiera. Hubieras dejado que me muriera en su agónico abrazo. Hubieras dejado que me deshiciera entre sus mandíbulas, ese era mi destino, no éste, nunca éste. El se fué y buscó otra presa. Y yo sigo siendo sólo el cadáver de un pájaro con las alas rotas, pudriéndose y fingiendo que canta y que sonríe para corresponder a tu sonrisa de niña en tu casa de niña en tu mundo cómodo de niña buena.
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