-Siéntate,hijo.
Tenía el pelo rubio, como el de ella. Del color de la luna llena en verano. Él mismo se había presentado en la casa de sus padres, campesinos humildes de un feudo vecino, que se habían postrado a sus pies en agradecimiento cuando les había anunciado que su hijo de doce años sería entrenado como paje del castillo de Tiffauges. Él mismo había seleccionado las ropas con que se vestiría, luego del baño, adornadas ricamente con brocados. No podía decirse que Gilles de Rais escatimara jamás en ninguno de sus asuntos. El niño, con las mejillas arreboladas y aún vestido con su burda camisa de lana, se sentó en la tinaja de madera, llena de agua tibia. Lo dejó con sus sirvientas, que se encargarían de asearlo. Volvió a entrar en la cámara un poco antes de lo previsto, para observarlo mientras se vestía. Esa deliciosa mezcla de hombre y mujer, adulto y niño: cara suave, mentón redondeado y limpio, brazos largos y fuertes, la espalda que no había alcanzado su total envergadura. Lo miró a los ojos mientras el niño sonreía tímidamente. Descubrió con sorpresa y dolor que eran casi del mismo tono de gris acero que los de ella, pero los del niño eran totalmente inocentes. Los de ella habían brillado con un ardor extraño, ultraterreno. La primera vez que la vió, vestida de campesino en medio de las galas de la corte de Carlos VII, Delfín de Francia, ella tenía el pelo, las ropas y la caras sucias; pensó que era un muchacho. Era alta y delgada, y su cara, casi demasiado dulce, una criatura andrógina que despertó su entrepierna a la vida.La vió lanzarse a los brazos de Carlos con una expresión irracional en el rostro, susurrarle al oído, transfigurada, y luego caminar dócil y tímida a su lado hacia una estancia privada, otra vez una muchacha campesina de diecisiete años. En ese momento él, Gilles, supo que Juana también hospedaba en su interior una voz a la que era imposible callar.
Examinó al niño con toda la desvergüenza que un noble podía permitirse. Palpó sus brazos elogiándolos por su fortaleza, diciéndole al chico que sería un gran paje de armas, observó su torso delgado, sus manos plagadas de cicatrices de trabajo. Incluso tocó su pelo, fingiendo reprenderlo. Lo llevaba muy largo, el largo que era permitido en niños pequeños y en doncellas, y el no era ninguna de las dos cosas. Era sedoso, pero no podía igualarse a los gloriosos rizos de Juana.
La recordó, enfundada en una armadura recién bruñida, hecha a medida para ella, la flor de Lis y la cruz en su pecho, el pelo cayéndole suelto casi hasta la silla del caballo, el estandarte blanco al viento. La mensajera intocada de Dios, la virgen prometida, su rostro y su cabello tan frágiles, sobresaliendo de aquella coraza de acero. Estiró la mano para tocarla, al igual que los campesinos, que los soldados, que sus compañeros nobles. Juana había sentido su toque ligero en uno de sus rizos, y volteó su rostro hacia él, lleno de luz, y le sonrió. -Te conozco, Gilles de Rais- había susurrado una voz dulce en su interior, al mirarla, en un instante fragmentado del tiempo.-Tengo también para ti un mensaje.
Al otro lado de la puerta, un sirviente tocó discretamente, anunciando que pronto se iniciaría el canto de las vísperas. Gilles lo despachó con un movimiento de cabeza. En la capilla, que quedaba a dos habitaciones de distancia, se inició un Salve, Regina que casi lo lanzó al suelo. Un escalofrío de placer lo recorrió, pues adoraba el canto gregoriano. A ella también le gustaba. Le gustaban las misas, le gustaba orar. Le gustaba meditar por horas, de rodillas. Esa muchacha piadosa, dulce y tímida era incompatible con la que iba a la batalla, la mensajera de Dios. Durante el sitio de Orleáns la había conocido en toda su furia, una Ártemis griega blandiendo la espada, inflamada por el ardor de su locura fanática, gritando los sagrados nombres de la Trinidad mientras atravesaba torsos y cortaba cabezas. La había conocido también en toda su fragilidad, herida y desnuda,bajo las manos temblorosas del físico que le vendaba los pechos, que se movían cada vez que ella tosía algo de sangre, llorando por los fallecidos e invocando a la madre de Jesús, pidiendo misericordia por sus almas. Se había arrodillado frente a ella cuando el médico se fue, tomándole el rostro con ambas manos,sucio de hollín, tierra y sangre, y le había limpiado las lágrimas con los pulgares. Se habían comunicado sin palabras. Juana le dijo que Dios le perdonaría su sed de sangre, su crueldad y sus pecados de juventud, que perdonaría su oscuridad innombrable si la seguía fielmente, peleaba por ella y se arrepentía de sus faltas. Él la besó brevemente en los labios y hundió la cara en su regazo, llorando de júbilo, sellando su pacto. En ese momento Gilles de Rais decidió que amaría a Juana de Arco hasta el día de su muerte, y si fuera necesario, moriría por ella. Amar a Juana le salvaría del Infierno. Le salvaría de sí mismo. Pero ella ya no estaba y él se había entregado al frenesí salvaje con sus demonios.
Tomó unas tijeras de plata de una mesita y le informó al niño que le cortaría el cabello. El muchacho, sumamente apenado, le dijo a trompicones que no se molestara el gran señor, que ya estaba enormemente agradecido y que se cortaría el pelo él mismo con la ayuda de un espejo. Él insistió, recordándole que estaba en su casa y debía acceder a todos sus caprichos. El chico volvió a ruborizarse y se sentó en la silla junto a la ventana, donde daba más luz, que le indicó. Las tijeras sisearon y el primer mechón cayó al suelo. Ella, furiosa, antes de su primera batalla, había gritado histérica a los nobles comandantes que debían escucharla porque sus palabras eran órdenes de Dios. Ellos le habían contestado que en asuntos de guerra no tenían porqué escuchar a una mujer. La vio enrojecer, como si la hubieran golpeado en la cara, sacar la espada de la vaina que llevaba al cinto y sin dudar un segundo, tomar un gran mechón de pelo a la altura de su cuello y cortarlo de un tajo. Él se había lanzado hacia ella antes de que se hiciera daño, le quitó la espada de las manos,la abrazó y se ofreció a cortarle el cabello, en susurros, para calmarla, mientras Juana daba alaridos desaforados, gritando que si así ya se parecía a un hombre, y que así tendrían que escucharla. Tuvo una intensa sensación de deja-vu cuando cortó el segundo mechón de cabello del chico pretendiente a paje. Se vió a sí mismo en una estancia iluminada por velas de sebo, lamentando profundamente cortar la hermosa cabellera de Juana a la moda masculina de la época, como la capota de un hongo, con las patillas y la nuca rasuradas. Recorrió brevemente con las puntas de los dedos la nuca de él, como hizo con la de ella, y vio como los vellitos dorados se levantaban, el escalofrío. Recordó la intensa urgencia que tuvo en ese momento de levantarla de la silla, rasgarle la ropa, besarla y lamerla en todos sus lugares sagrados, y desvirgar a la Doncella de Lorraine y apartarla de Dios y hacerla sólo suya. Entonces escuchó a Juana rezar, murmurando rápidamente, hablar y preguntar. Si, debía hacerse, se decía. Y luego ella preguntaba de nuevo si estaba bien que se vistiera como un hombre,que abandonara su femineidad, temblando. Y volvía a confirmarse a sí misma que debía hacerse. Si hubiera sabido que tras su captura, uno de los más fuertes argumentos para condenarla sería ese, Gilles jamás se habría ofrecido acortarle el pelo. La habría embutido en vestidos de seda, se los habría pegado a la piel, con tal de verla viva.
Con una sensación punzante en el pecho, dejó la tijera sobre una mesa y le dio la espalda al chico, se acercó a otra mesa y tomó de ella una copa de metal y la jarra de vino, se sirvió y bebió, aunque ya estaba tibio y desagradable. Ella, borracha de felicidad y de licor tras la coronación de Carlos en Reims, la única vez en que a los ojos de Gilles había parecido un ser de carne y sangre, había girado en los brazos del cada vez más ebrio La Hire hasta caer al suelo. Cuando La Hire pudo quitársele de encima, Juana ya estaba profundamente dormida. Gilles la tomó en brazos y la llevó hasta la cámara que tenía asignada, preso de un ansia lobuna. La despojó de la armadura, de la cota de malla, de camisa y pantalón y la tuvo ante él, desnuda, blanca como la nata pero tachonada de cortes nuevos y cicatrices viejas. Recorrió con manos temblorosas sus muslos, su abdomen, sus pechos, y se descubrió a sí mismo imaginando cosas horrendas y relamiéndose, y adoró tal suciedad. Se imaginó que la seducía, primero, la quebraba hasta verla derrotada por las ansias. Se imaginó que la tomaba dulcemente, como debía hacerse con toda doncella primeriza, que se enternecía ante el chasquido y la primera sangre, que limpiaba una lagrimilla de dolor de su rostro y la besaba en los labios. Se imaginó que luego la amarraba, la golpeaba hasta dejarla irreconocible, la vejaba por todos sus orificios y luego hacía orificios nuevos con su daga para seguirse complaciendo, mientras sus alaridos le perforaban los tímpanos. Se imaginó degollándola, cara a cara, ver como sus ojos se daban vuelta por el dolor y el horror, y luego cómo la pupila se dilataba, se lo tragaba, mientras él tenía un orgasmo salvaje bañado en la sangre caliente que se derramaba de su cuello. Abrió los ojos y descubrió que sentía el pene palpitante, perdiendo la erección, y la inconfundible humedad viscosa de la eyaculación en su ropa. Y que ella seguí allí, dormida, blanca, pura. Inocente. Lloró como un niño mientras la vestía de nuevo, y se sentó en una silla, junto a su cama, para que ninguno de sus compañeros, borrachos como estaban, quisiera hacer lo mismo que él había pensado hacer.
-¿Señor?-llamó el chico.- ¿Os pasa algo, señor?¿Queréis que llame a alguien?-murmuró el muchacho, trayéndole de nuevo al presente. Se había puesto en pie y estaba a una prudente distancia de él, con una expresión asustada.-Tenéis el rostro muy enrojecido, señor, ¿os he ofendido en algo?
-Siéntate,Bastien. Terminaré de cortarte esa melena y podrás ir con mis otros pajes para iniciar tu entrenamiento.-dijo Gilles con un tono despreocupado.-No es nada.
Bastien, sorprendido por que tan digno señor conociera su nombre y lo tratara como a un igual, se sentó loco de contento de nuevo junto a la ventana. Apenas le dio la espalda, la sonrisa de Gilles se desvaneció con rapidez, recriminándose por su falta de control. Si no quería arruinar las diversiones debía controlarse. Otro mechón cayó al suelo. La recordó rodeada, en el lado equivocado de las puertas de Compiégne, los burgundios como una plaga, por todas partes, y él dentro, gritando que la puerta debía abrirse, que Juana debía entrar, que debían salvar a Juana. Vio que la bajaban de su caballo blanco, que la golpeaban en la cabeza y ella se desmayaba.
El último mechón de pelo de Bastien cayó al suelo, ahora debía buscar una navaja barbera; la encontró en la misma mesita. Estaba tan afilada que no necesitaba humedecer la parte inferior del cráneo del chico. Se estremeció pensando qué maravillas podría obrar esa navaja en un cuerpo. Procedió con calma, con delicadeza,mientras en su interior se recriminaba por enésima vez el no haber llegado al menos un par de horas antes, para sacarla de su prisión, apoyado por el destacamento de mercenarios que había contratado, gastando gran parte de su mermada fortuna. Llegó a tiempo para ver sus cenizas ascendiendo en espirales hacia el cielo. Llegó a tiempo para ver su corazón intacto entre las ascuas.Una fracción de segundo antes de decidirse a enterrar la navaja en el cuello del chico, escuchó su voz. Indefectiblemente, funcionaba. “No lo hagas, querido mío, amado Gilles, no lo hagas”. Sonrió y puso su mano sobre la boca del niño,a la vez que con la otra le cortaba el cuello. Juana gritaba en su oído, histérica. Esa era la única manera de traerla de nuevo a él. El Salve Regina, continuaba en crescendo, mientras el chico caía al piso, llenando la alfombra de sangre, y él se sentaba en la silla, observándolo detenidamente mientras se retorcía en agonía y miedo. Se inclinó para tomar un mechón de pelo rubio del piso de piedra, y tomó de nuevo la copa de vino, bebiéndolo mientras Bastien sufría los últimos espasmos.Sintió un suave beso en su mejilla, y algo húmedo, que se tocó inmediatamente con los dedos. Una lágrima, que no era suya. Una lágrima de ella. Suspiró, embebido en la canción y en el momento. Mañana volvería a traerla hacia él. Haría lo que fuera por escuchar su voz de nuevo. Mañana haría paje a otro niño rubio.

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