jueves, 22 de abril de 2010

Tiburón Vegetariano

El olor es insufriblemente puro; mi boca no deja de salivar, mi mente no deja de negarse. Hace un buen tiempo tomé la decisión de purificar mi cuerpo, por salud, por moral; hipocresía viniendo estas palabras de quién vienen; me sentía tan insignificante que la muerte de un animal en pro de mi alimentación se me convirtió en un horrible crimen, el daño ambiental causado por la ganadería me producía escozores, me sentía responsable, con ganas de aportar una disminución absolutamente nimia al consumo, a la hecatombe, a la catástrofe, creía en el sufrimiento de la madre, en el feto de tiburón abriéndose paso desde la matriz con sus afilados dientes hacia el exterior y comiéndose a sus hermanos, desde pequeña he odiado a los tiburones, he detestado su lisa piel y sus ojos y su capacidad para oler la sangre a kilómetros; los humanos deberíamos estar emparentados filogenéticamente con ellos, nos parecemos más a ellos que a las leonas que cuidan a sus cachorros o los macacos que se limitan a despiojarse durante las horas diurnas; las plantas entonces se convirtieron en mi fuente de energía, ellas y los cereales, tan nobles, cuna de civilizaciones; en mi afán por hacer algo intenté dejar los lácteos y los huevos…Pero mi afición altruista terminó por convertirse en una excusa para la autodestrucción; mi vegetarianismo era sólo una pantalla, un cliché, me convenía para no tener que decir que no quería comer mientras los demás lo hacían, “Aleja, ¿No vas a comer?-No.- ¿Porqué, no trajiste? Mirá, de mi coca te comparto, cométe este pedacito.- No, no como carne, gracias, ahorita voy y compro una ensalada.” Mi diálogo de todos los días, eventualmente dejaron de preguntar si tenía hambre o si iba a comer: sabían que no lo hacía.
Aún sigo pareciéndome insignificante, pero ya no quiero hacer nada por nadie, me excita la decadencia, perdí los antiguos ideales (máscara de la verdadera y real autodestrucción), pedazos de músculo achicharrados en una paila, medio podridos y sin embargo deliciosos, servidos en un lindo plato de porcelana; tomo el cuchillo y el tenedor sin olvidar las antiguas costumbres inculcadas, me siento recta en el asiento del comedor, pongo la servilleta de tela sobre mis piernas. Un ligero asomo de sangre mancha la blancura del plato cuando introduzco el cuchillo y corto en pequeños trozos. Me llevo el tenedor a la boca, mastico y sonrío, el visceral sabor de la muerte destroza mis neuronas y mis papilas gustativas, un suicidio colectivo en suaves pedazos de carne de res.

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