Yazco en el piso, mirando las nubes en el cielo a través del techo roto. Pasando grises, tormentosas. El sol, sepultado hace mucho, no me mostrará su rostro de nuevo (probablemente porque no lo merezco, pero más que todo, porque ando escondiéndome de él desde hace largos años) Un cuervo se posa sobre lo que queda de una viga retorcida, grazna, sonríe. Ha ganado, podrá venir a comer. Despliega sus alas, y como un ángel, desciende hasta alcanzarme, despacio. Con enorme esfuerzo alzo mi mano, acaricio su pequeña cabecita emplumada, sus alas, gorjea, le gusta. Me mira con un ojito negro y brillante antes de hundir inmisericorde su pico en mi carne, en mi tórax abierto a cuchilladas autoinfligidas.
-Ya no tengo corazón.- le explico, cuando, extrañado, alza la cabeza con el pico ensangrentado y vacío.Enojado, aletea y clava sus garras en uno de mis pechos. Yo sonrío indolente.-Puedes comerte mis ojos y el resto de mis entrañas. Pero déjame las manos y los labios y el vientre intactos, por si vuelve, por si quiere volver. Los necesitaré para amarlo.
El cuervo entiende, acepta. Picotea un poco, un trozo de hígado, otro del páncreas. Un pedacito de pulmón. Es todo lo que necesita para estar satisfecho, al fin y al cabo, es el mensajero de mi alma, el tótem elegido por mi inconsciente. Deseo que no se vaya, pero está lleno y alza el vuelo, rozándome levemente el rostro con su plumaje al partir. Me siento para observar el catastrófico escenario, un pulmón amenaza con caérseme de dentro, lo atrapo a tiempo y lo devuelvo a su sitio. Conteniendo mis entrañas con los brazos me aproximo a mi ropero, con cuidado alcanzo mi viejo corset, lo ajusto a mis formas, de modo que mis órganos internos queden bien puestos en su sitio, lo amarro c y luego aprieto los cordones todo lo que puedo, con la ayuda de un espejo.
Estoy algo pálida. La pestañina y la sombra negra se han regado por las lágrimas, pero los labios siguen rojos y apetitosos. Los ojos, apagados. El escote, irreparable, el tajo que abrió mi pecho comienza justo entre la hendidura de mis senos. Un collar con dije grande servirá para taparlo. Una gargantilla cubrirá las heridas en la yugular. Unas pulseras las laceraciones en mis muñecas. Quitarle un poco el polvo a la falda corta, amarrarme bien las botas, ajustar las medias de nylon negro a mis muslos.
Mi habitación es un desastre, el mundo de afuera también. Todo arde, todo se derrumba. Adentro el piso está manchado de sangre, hay pedazos de vidrio roto, astillas, hojas arrancadas y partidas, pedazos de pared, de techo, de metal.
Mi corazón, latiendo a salvo, envuelto en plástico, en la nevera. No sé si salir a buscarlo o dejarlo en paz. Esperar a que vuelva...No, no va a volver...No debo ir a por él...Me debato unos minutos, y al fin decido acurrucarme en mi rincón de siempre. Y dormir.¿o morir?, no, definitivamente dormir, ya estoy muerta, no podría morir otra vez.
La victrola suena en algún lugar de mi cerebro, con un vals oxidado. Su sonrisa, sus manos en mi cintura, su boca ofreciéndoseme, y toda la eternidad para dar vueltas al son de esa melodía demoníaca, en las habitaciones destartaladas de un ensueño.
Si...esto está mucho mejor.
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