De mi padre, heredé unos dedos largos y ágiles, útiles y finos: teclas de marfil y cuerdas de metal y nylon se han rendido casi sin oponer resistencia a los deseos de mi música interna, heredé de el también finas membranas en la garganta, una agresividad casi sádica y una melancolía congénita, patológica. De mi madre, heredé una buena memoria, largo cuello y talle fino, pequeños senos para amamantar a mis crías, piernas gruesas para sostenerme cuando mi voluntad se rehúse a hacerlo; un sentido del honor y el deber absolutamente pacatos y pasados de moda, fuera de todo contexto, y un ánimo volátil y una imaginación febril para los malos presagios.
De ellos, también heredé un cuerpo y un alma que no deseaba, una existencia que mas que un regalo o un don, es una maldita carga.
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