"El último arcano yace boca arriba ante mí, y sonrío febril al confirmar
que dentro, muy dentro, se gesta una obsesión".
que dentro, muy dentro, se gesta una obsesión".
Lo ví en sus ojos la primera vez que barajé sobre la mesa las cartas ajadas de mi tarot. Quizá ya estaba allí, quizá de hace mucho tiempo.
Un ansia fieramente contenida desde hacía milenios. Un deseo de dulce sangre y saliva fluyendo de labios tiernos y jóvenes, inexplorados, hacia sus fauces abiertas.
Parpadeé, incrédula. El decente caballero que me observaba, permanecía impoluto para mi sique. Era un objeto de misterio para mí. Oscuro. Indescifrable. Tan lejano a mi comprensión como los códigos y las pantallas negras, su arte, precisa y matemática magia de lo simple, abstracción de la complejidad.
En mi fuero interno, deseé hacerle daño. Deseé cortar sus muñecas y sorber la sangre hasta lamer el hueso. Desee arrancar con mis uñas y mis dientes pedazos de su humeante corazón. Deseé pintar con su semilla símbolos sobre mi pecho, mi rostro.
Tal era la violencia de mi deseo de él que tragué saliva, asustada. A sus labios asomó una sonrisa destructora.
Una sonrisa tan ardiente como los incendios que consumen civilizaciones.
Y entonces lo supe. Cuidadosamente construida y forjada, de brillante acero pulido, la armadura sobre su cuerpo, su mente, su vida y su corazón, un artificio, una obra de arte en su compleja sencillez, los penetrantes ojos negros y la voz siempre calma, ocultaban a una bestia de carne y sangre y sudor, a una fiera, un animal que, como yo, ama rabiosamente. Una profunda humanidad, íntima, secreta y dulce, perfumaba como un incienso sagrado el aura de este agudo y disciplinado hombre.
Supe que en sus brazos no conocería más que éxtasis y unión. Supe que en su alma no conocería más que cuidado y placer. Lo supe, lo supe todo. Supe del horror que como bilis subía por su garganta, supe de su dolor, de su culpa, mi precioso caballero, mi cruzado, mi moderno samurai, dispuesto a cortarse el alma y dejarla sangrar para mantener su honor, dispuesto a vivir entregado al deber.
Me imaginé empapándome de su odio, bebiendo toda su culpa, haciendo mía toda su desesperación, llevar su pecado sobre mis hombros, ser la razón de la devastación de su existencia, y casi sentí placer. Sentí placer, sí, de ser aquello que absorbiera toda la brea de sus alas, que limpiara todo el polvo asentado sobre sus sueños y sus deseos, si eso me permitía ser parte de él, de su mundo.
Volteé un par de cartas más sobre la mesa. Hablaron por mí, por el futuro, por las cosas que habrían de ser. Por el sol y las flores y las lágrimas de amor derramadas al alba, por la hierba en las rodillas, por la sangre sobre la piel blanca formando líneas, por el vino, por las risas y la música y las caricias y el oro vertido sobre las cicatrices de la porcelana en nuestros corazones.
Y decidí callar. Ignorarlas. Convertirlas en engendros de mi fantasía.
Hasta la noche en que lloré mientras a mi oído derramaba como miel la fuerza de su lujuria. Y supe que ellas, las cartas, tenían razón.