martes, 24 de abril de 2018

The Arcane

"El último arcano yace boca arriba ante mí, y sonrío febril al confirmar
que dentro, muy dentro, se gesta una obsesión".

Lo ví en sus ojos la primera vez que barajé sobre la mesa las cartas ajadas de mi tarot. Quizá ya estaba allí, quizá de hace mucho tiempo.
Un ansia fieramente contenida desde hacía milenios. Un deseo de dulce sangre y saliva fluyendo de labios tiernos y jóvenes, inexplorados, hacia sus fauces abiertas.
Parpadeé, incrédula. El decente caballero que me observaba, permanecía impoluto para mi sique. Era un objeto de misterio para mí. Oscuro. Indescifrable. Tan lejano a mi comprensión como los códigos y las pantallas negras, su arte, precisa y matemática magia de lo simple, abstracción de la complejidad.
En mi fuero interno, deseé hacerle daño. Deseé cortar sus muñecas y sorber la sangre hasta lamer el hueso. Desee arrancar con mis uñas y mis dientes pedazos de su humeante corazón. Deseé pintar con su semilla símbolos sobre mi pecho, mi rostro.
Tal era la violencia de mi deseo de él que tragué saliva, asustada. A sus labios asomó una sonrisa destructora.
Una sonrisa tan ardiente como los incendios que consumen civilizaciones.
Y entonces lo supe. Cuidadosamente construida y forjada, de brillante acero pulido, la armadura sobre su cuerpo, su mente, su vida y su corazón, un artificio, una obra de arte en su compleja sencillez, los penetrantes ojos negros y la voz siempre calma, ocultaban a una bestia de carne y sangre y sudor, a una fiera, un animal que, como yo, ama rabiosamente. Una profunda humanidad, íntima, secreta y dulce, perfumaba como un incienso sagrado el aura de este agudo y disciplinado hombre.
Supe que en sus brazos no conocería más que éxtasis y unión. Supe que en su alma no conocería más que cuidado y placer. Lo supe, lo supe todo. Supe del horror que como bilis subía por su garganta, supe de su dolor, de su culpa, mi precioso caballero, mi cruzado, mi moderno samurai, dispuesto a cortarse el alma y dejarla sangrar para mantener su honor, dispuesto a vivir entregado al deber.
Me imaginé empapándome de su odio, bebiendo toda su culpa, haciendo mía toda su desesperación, llevar su pecado sobre mis hombros, ser la razón de la devastación de su existencia, y casi sentí placer. Sentí placer, sí, de ser aquello que absorbiera toda la brea de sus alas, que limpiara todo el polvo asentado sobre sus sueños y sus deseos, si eso me permitía ser parte de él, de su mundo.
Volteé un par de cartas más sobre la mesa. Hablaron por mí, por el futuro, por las cosas que habrían de ser. Por el sol y las flores y las lágrimas de amor derramadas al alba, por la hierba en las rodillas, por la sangre sobre la piel blanca formando líneas, por el vino, por las risas y la música y las caricias y el oro vertido sobre las cicatrices de la porcelana en nuestros corazones.
Y decidí callar. Ignorarlas. Convertirlas en engendros de mi fantasía.
Hasta la noche en que lloré mientras a mi oído derramaba como miel la fuerza de su lujuria. Y supe que ellas, las cartas, tenían razón.

jueves, 29 de mayo de 2014

Kama Sutra.

Me despojé de mi falda hecha de brazos, de mi collar de cráneos. Limpié de mi boca la sangre, lavé con aceite las heridas. Teñí mis labios pálidos mascando flores de hibisco. Tallé el alabastro desconchado de mi piel, lo hice brillar blanco. Dejé mi pelo coagulado a merced del agua mientras hojas y flores mustias de henna se apretaban contra mis dedos. Con trazos vigorosos de kohl  pinté ojos y maleficios en mi cara vacía. Perfumé de canela, azahar y miel el hedor a lirio mortuorio de mi cuerpo.

Cubrí mi desnudez con un velo translúcido. Y posando rodillas, palmas y frente en tierra, me presenté ante él.

Sus ojos me vieron cadáver, asesina. Sus ojos despojaron con su fuerza mi cuerpo de artificios. Sonriendo, en sus brazos me hizo ser caníbal y disfrutar mientras roía la carne de sus huesos, me hizo sustraerme a la noche de los tiempos, me convirtió en pájaro herido, flor deshecha. Cabalgué sobre el león y asesiné sus demonios con mi lanza. Las ajorcas plateadas de mis tobillos resonaron al compás de mi danza enloquecida e inmisericorde sobre su pecho amante.

Tras el ritual, tras lamer de mis labios la espuma de su océano primigenio, tomé los perfumes, mi cara, mi pelo, mis manos, mis ojos, mi vientre, mis senos y mi velo, lo puse todo en su sitio y me erigí como diosa particular de su panteón.

Reflection (19/5/11)

Ya no quiero ser parte de tí.
Ya no quiero ser la vibración de los alaridos
con los que esculpes el silencio.

No quiero verte sangrar por mis delirios.

Ya no quiero tocar las redondeces de tu cuerpo, preñadas de luz
incandescentes y casi puras
no quiero descubrir los secretos, no quiero escuchar susurros.

No quiero ver con tus ojos ni besar con tus labios. No quiero tocar con tus manos ni sentir el frio
a través de tu piel erizada.

No quiero sentir tu dolor ni los espasmos de tristeza que se agolpan en tu garganta. No quiero parir con tu vientre, ni enorgullecerme por tus triunfos. No quiero ya más de tus letras ni de tus cabellos.

No quiero amar con ese corazón frágil que a duras penas te late dentro del pecho.

Ya nunca jamás quiero verte en el espejo.

14/07/10.

A veces, me limito a mirar por las ventanas grises de mi torre, a tocar con dedos rosados y gélidos la dura roca, más inexpugnable que el dolor y más antigua que el tiempo, fuerte por los lazos de sangre que sostienen piedra sobre piedra. En otras ocasiones, las más horrendas y terribles, en las horas interminables de introspección, miro con los ojos cerrados la torre de piel lacerada y carne, lágrimas y miedos, impura y frágil y sórdida. La mayoría del tiempo ambas prisiones son una misma, se vuelven agónicas, insoportables.

Monocromo.

(30/5/10

La luz gris de una mañana anónima goteaba de las hojas de los árboles sobre ella, que iban adquiriendo cada con cada gota el color ceniciento del cielo sobre su cabeza.  Sólo sus labios y las puntas de sus dedos conservaban matices distintos. El resto de ella era negro y gris, sus yemas rosadas se entretuvieron con un cigarrillo blanco; sus labios artificialmente rojos murmuraron al aire frío palabras ininteligibles, que se perdieron junto con el humo de su cáncer portátil en una cadencia de volutas estremecidas por la lluvia.

Observó como su piel se desleía, cómo sus ropas negras se quebraban en escamas, cómo el pavimento se deshacía bajo el torrencial aguacero. Suspiró y de su maleta extrajo un block de hojas blancas que se tiñeron de negro al contacto con la humedad, perdiéndose las letras de tinta oscura en la lluvia, volvió a guardar el amasijo de papel arrugado y mojado en que se había convertido el cuaderno de notas.

Alzó los ojos al cielo, con un alarido atorado en las córneas, y sus pupilas castañas se licuaron en lágrimas plomizas que dejaron surcos de carne rasgada en su rostro níveo.

Madre.

Ella fué Artemisa, fué Athena.
Ficciones virginales aleccionadoras en su juventud.

Fué una mujer aterida por el dolor y el miedo
al terminar las nueve lunas.

Fué una Hera incorruptible, una Hestia cuyo hogar no se enfriaba jamás
fué una esposa, una matriarca de los tiempos de antes del tiempo
una leona que traía la caza, que soportaba con humildad los rugidos del león.

Es Olimpia y Medea.

Medusa.

Eleusis. (27/08/12)

Cerrada oscuridad,
                           nado en negra tinta,
con mi fíbula
penetro carne y ojos imaginarios.
                                                Invisibles.

Manos blancas y heladas, hermosas manos
se han abierto paso a través de la tierra
                                            para tomarme.

¡Aire! ¡Necesito aire, o me marchitaré!
¡Aire, para enviarle mi voz a mi madre!

...

Los frutos del Infierno
en la punta de mi lengua.
Semilla roja, rojo nectar,
rojo el sudario que me acompaña al Olvido.

....

La Muerte me ha hecho su Reina.

Y me entrego a él, a sus manos blancas y heladas.

Invierno en la superficie,
                  primavera en mis entrañas.