martes, 17 de agosto de 2010

Burden

De mi padre, heredé unos dedos largos y ágiles, útiles y finos: teclas de marfil y cuerdas de metal y nylon se han rendido casi sin oponer resistencia a los deseos de mi música interna, heredé de el también finas membranas en la garganta, una agresividad casi sádica y una melancolía congénita, patológica. De mi madre, heredé una buena memoria, largo cuello y talle fino, pequeños senos para amamantar a mis crías, piernas gruesas para sostenerme cuando mi voluntad se rehúse a hacerlo; un sentido del honor y el deber absolutamente pacatos y pasados de moda, fuera de todo contexto, y un ánimo volátil y una imaginación febril para los malos presagios.

De ellos, también heredé un cuerpo y un alma que no deseaba, una existencia que mas que un regalo o un don, es una maldita carga.

jueves, 12 de agosto de 2010

Mea Culpa

Entre una cosa y otra, al menos aún conservo

una corteza raída en la mirada

la callosa piel pegada a los huesos.

Profundamente cansada, mis tiernas entrañas desean

los pútridos estertores de la vida

y los días se suceden

se suceden

¡Un puto día tras otro!

Unotrasotrotrasotrotrasotro.

(Como pálidos despojos de niebla)

Mi sangre un vino ácido

pisoteadas las uvas en la vendimia del odio,

fermentado en esta vida de pulcritud

y mierda bajo la alfombra.

Mi saliva, congelada y corrupta

alquitrán goteante de las entrañas de la tierra

dejó en tus labios un resquicio de sabor a muerte.

Y mejor, dejaré que tu hables del agua de mi pozo, caliente, oscuro y estrecho.

Soy joven, pero ya en mis cristalizados ojos

no habita ninguna lágrima.

Fuera de mi, para siempre.

los frágiles adornos de muñeca.

jueves, 22 de abril de 2010

Tiburón Vegetariano

El olor es insufriblemente puro; mi boca no deja de salivar, mi mente no deja de negarse. Hace un buen tiempo tomé la decisión de purificar mi cuerpo, por salud, por moral; hipocresía viniendo estas palabras de quién vienen; me sentía tan insignificante que la muerte de un animal en pro de mi alimentación se me convirtió en un horrible crimen, el daño ambiental causado por la ganadería me producía escozores, me sentía responsable, con ganas de aportar una disminución absolutamente nimia al consumo, a la hecatombe, a la catástrofe, creía en el sufrimiento de la madre, en el feto de tiburón abriéndose paso desde la matriz con sus afilados dientes hacia el exterior y comiéndose a sus hermanos, desde pequeña he odiado a los tiburones, he detestado su lisa piel y sus ojos y su capacidad para oler la sangre a kilómetros; los humanos deberíamos estar emparentados filogenéticamente con ellos, nos parecemos más a ellos que a las leonas que cuidan a sus cachorros o los macacos que se limitan a despiojarse durante las horas diurnas; las plantas entonces se convirtieron en mi fuente de energía, ellas y los cereales, tan nobles, cuna de civilizaciones; en mi afán por hacer algo intenté dejar los lácteos y los huevos…Pero mi afición altruista terminó por convertirse en una excusa para la autodestrucción; mi vegetarianismo era sólo una pantalla, un cliché, me convenía para no tener que decir que no quería comer mientras los demás lo hacían, “Aleja, ¿No vas a comer?-No.- ¿Porqué, no trajiste? Mirá, de mi coca te comparto, cométe este pedacito.- No, no como carne, gracias, ahorita voy y compro una ensalada.” Mi diálogo de todos los días, eventualmente dejaron de preguntar si tenía hambre o si iba a comer: sabían que no lo hacía.
Aún sigo pareciéndome insignificante, pero ya no quiero hacer nada por nadie, me excita la decadencia, perdí los antiguos ideales (máscara de la verdadera y real autodestrucción), pedazos de músculo achicharrados en una paila, medio podridos y sin embargo deliciosos, servidos en un lindo plato de porcelana; tomo el cuchillo y el tenedor sin olvidar las antiguas costumbres inculcadas, me siento recta en el asiento del comedor, pongo la servilleta de tela sobre mis piernas. Un ligero asomo de sangre mancha la blancura del plato cuando introduzco el cuchillo y corto en pequeños trozos. Me llevo el tenedor a la boca, mastico y sonrío, el visceral sabor de la muerte destroza mis neuronas y mis papilas gustativas, un suicidio colectivo en suaves pedazos de carne de res.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Bulls Eye

Respiró, reposó. Su objetivo, aquel hombre, resistencia del antiguo régimen, espía de los alemanes, que caminaba custodiado a unos setecientos metros. El frío viento otoñal le alborotó los canosos cabellos, vió las ondulaciones que el aire produjo en su costoso abrigo de mink; no tenía necesidad de mira, No tenía siquiera que abrir los ojos. La clave era, como le habían dicho miles de veces, hacerse uno con el blanco, predecir su próximo movimiento, disparar, desvanecerse rápidamente y sin levantar sospechas. Apoyada contra la azotea del edificio, los senos le dolían, la presión desacostumbrada le impedía respirar con normalidad, la nariz comenzaba a picarle, pero eran cosas relativamente nimias, podría hacerlo, la dirección del viento era la adecuada, venía del sur levantándole la falda, la distancia era la correcta, en el mundo sólo existían ella, Petrovich y sus enormes guardaespaldas, su objetivo, él, en él, representados todos los hombres prepotentes, gordos y canosos que le recordaban a su abusivo padre, a su apestoso aliento a vodka de rábanos, a los moretones en el níveo rostro de su madre, a su primer violín destrozado, a sus blasfemias mientras la violaba sin compasión en su cama infantil cuando ni su madre ni sus hermanos estaban; él y sus superiores en el cuartel, la misma calaña que Petrovich y su padre compartían, lacras vestidas de costoso paño militar; ella era uno de sus juguetes favoritos, se convirtió en eso al huir de casa y encontrar en el Ejército Rojo un refugio, un refugio donde tenía que lavar letrinas, cocinar, barrer, trapear, sacudir el polvo y encargarse de la lavandería junto con otras mujeres hasta que se dio cuenta que era atractiva; después comprendió que el poder de su sexo no residía en la sumisión sino en el intercambio. Se escapaba del cuartel a los prostíbulos, las putas son agradecidas cuando se les lleva comida en medio del invierno ruso; aprendió con ellas a follar, a hechizar y a utilizar, a cambio recibió grados, honores, instrucción militar de la mejor calidad. Se convirtió en la niña mimada, la francotiradora con más bajas, desde el anonimato vengaba con cada bala una afrenta. Cada muerte un alivio, cada medalla una marca. Petrovich se iba a mover a la izquierda, ya había descifrado el patrón de sus torpes andares, la cabeza de un guardaespaldas se interpuso entre fusil Gewehr 43 y su blanco. Qué ironía, ser asesinado con un arma diseñada por alemanes, a quienes servía. ¡Muévete, cerdo! ¡Sí! ¡Eso es! Uno con el blanco. Inspiró. Espiró. Movió su índice al ritmo de su diástole, la bala viajó en lo que demoró la sístole, otra diástole y Petrovich caía al piso, con el cráneo reventado. Svetlana sonrió, moviéndose con rapidez abrió el estuche negro, que se suponía contenía un violín pero que llevaba un arma y dicho instrumento; se arregló el cabello, se limpió las partículas de polvo que tenía sobre la ropa y bajó caminando despacio de la azotea, por las escaleras interiores del edificio de ocho pisos que había escogido cuidadosamente como emplazamiento, se tomó todo el tiempo del mundo para tranquilizarse, respirar, pensar, escuchó las sirenas de la ambulancia, los correteos, intuyó la angustia de los fracasados guardaespaldas, ya en el primer piso se observó en un sucio vidrio, las ropas y los cabellos oscuros, los ojos azules que aparentaban inocencia, la sensual boca que desmentía los ojos; salió a la calle, los guardaespaldas estaban allí todavía, todo desconsuelo había desaparecido de sus rostros, estaban alegres, se libraron de aquella obesa y tiránica carga, Svetlana tenía ganas de reír con ellos, las lágrimas le afloraron a los ojos, no podría aguantarlo, caminó rápido poniendo cara asustada, ellos la vieron casi correr y se rieron de ella; a sus ojos era sólo una delgada joven que huía del grotesco espectáculo de la muerte con su violín en las manos y con la cara congestionada por el pánico. Parecía una novicia tonta, con su falda larga hasta debajo de la rodilla, su blusa de cuello alto y puños cerrados en las muñecas, sus zapatos de tacón bajo. Svetlana corrió, se refugió en el primer callejón oscuro que encontró para darle rienda suelta a su adrenalina; se rió a carcajadas hasta el límite del dolor abdominal, hasta que sintió las mejillas mojadas, se rió revolcándose entre las cáscaras de patata, entre el desorden y los fragmentos de botellas rotas. Pasados unos minutos se incorporó, limpiándose la cara y la ropa, y enfiló sus pasos hacia el cuartel. Uno con el blanco. Cada muerte le producía euforia, fascinación, excitación, un suicidio en módicas cuotas de vidas ajenas segadas en pro de su vanidad y sus delirios de muerte autoinflingida. Muchas veces fantaseó con ello. ¿Qué se sentiría? Un ruido, una milésima de segundo de un atroz dolor y luego la nada, a esa conclusión había llegado mientras miraba el techo de madera y las embestidas le cambiaban el ángulo en esas noches de vodka y sexo no consentido del todo, fantaseó con poner en las sienes de aquellos hombres que la usaban su Gewehr o mínimamente una pistola calibre cuarenta, apuntarles entre las cejas con el helado cañón; no podía decir que en algún punto no llegó a disfrutar de la animalidad exacerbada por la violencia y la férrea disciplina del brazo armado del régimen comunista, sin embargo después de la quinta eyaculación en media hora comenzaba a cansarse, a cansarse de veras y sólo quería dormir y no tener que pensar en planchar la casaca negra de su uniforme de gala al día siguiente ni en abrillantar, una a una, las medallas, los recibos de su suicidio, esperaba que alguien la matase, pero sabía que era imposible, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima, a ella, a la pequeña y frágil Svetlana, la de los ojos azules y mejillas sonrosadas, a la puta de los generales, más letal que una noche sin abrigo en Siberia, más helada y amarga que el mar de Kamchatka; nadie veía a la melancólica con el estuche de violín que de verdad contenía un instrumento.

Así entró al cuartel, agotada, pensativa, por la puerta trasera. Nadie le habló. Los oficiales de bajo rango la saludaban con deferencia, no se molestó siquiera en mirarlos. Entró en su habitación, pulcramente ordenada, junto al espejo un tablero de corcho repleta de fotografías de hombres, un slash con esfero sobre cada rostro, escondida entre ellos, sólo ella lo sabia, una foto de una pequeña en sepia, sostenía con gracia un violín y sus ojos claros miraban al vacío ya velados por el miedo. Alguien tendría que marcar esa foto cuando ya no estuviera, alguien tendría que interpretar el réquiem en sus funerales, su réquiem, que había terminado de componer la noche anterior; nadie lo haría, solo ella, Svetlana, su fusil, su violín, su uniforme, su botella infaltable, su caja de rapé, sus delirios. Sola en la cumbre. Sacó su uniforme de gala del armario, abrillantó las insignias, bebió vodka y bailó al ritmo de un vals imaginario, soñó con las galas y el esplendor de la dinastía Romanoff, soñó con las misiones en el campo de batalla, se durmió ebria y con una idea fija en la cabeza, se durmió llorando después de tocar.

El alba no había despuntado, y Svetlana ya estaba en pie. Ante el espejo abotonó los últimos botones dorados de su casaca, se ciñó a la cintura la faja roja, dejó caer sus rizos negros con voluptuosidad en vez de recogerlos, se pintó la trémula boca de carmín; cargó su revólver con una sola bala, jugaría a la ruleta. Las trompetas llamaron a formación, todos presentes en el inmenso patio, los himnos, los cantos, las arengas, los formalismos, la noticia, se habían deshecho de uno de los principales espías alemanes en el régimen rojo; la responsable, la heroína, Svetlana Kryuchkova. La condecorarían. La joven salió a escena, todo o nada, las convenciones, los saludos, de nuevo los cantos, querían enloquecerla, un nuevo pedazo de metal para su abigarrado pecho; una sonrisa lasciva del general Nureyév cuando rozó sus senos al condecorarla, dio dos pasos hacia atrás y todos contemplaron a la soldado, a la oficial Kryuchkova bajo el sol naciente, sus ojos resplandecientes de demencia, la grácil y digna apostura de su cuerpo, un rápido movimiento, el revólver, ojos desorbitados por doquier, sola en la cumbre, una con el blanco. Diástole, apuntarse en la sien; sístole, mover el gatillo; diástole, sonreír, no tendría que pensar en planchar uniformes ni en follar sin ganas; sístole, caer después del ruido y el instante blanco y atroz de dolor insoportable.

Una con el blanco al fin.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Árbol de Plata

Arbol de Plata


Esta es la historia
de un árbol de plata
de una dama de cabellos negros
y de un caballero de hojalata.
El arbol de plata cantaba tintineando
y los pajarillos se posaban trinando
el río bajaba por las piedras rugiendo
y el viento danzaba riendo.

La dama de cabellos negros...
Una dama triste y hermosa se sentó
Al pie del Arbol de Plata.
Las lágrimas corrían por su albo rostro
Salían de sus ojos azules como pequeños diamantitos
...Una carta en las manos
Un olor a podredumbre se alzó desde el pergamino, y ella al río lo lanzó.
Vagó por tierras frías y extrañas,
Por tierras desiertas y pobladas
Y los diamantes le caían de los ojos como carámbanos de hielo.

Un caballero, intrigado por un largo sendero de diamantes que se perdía en el infinito, montó su caballo y cabalgó
Por las grandes ciudades y los grandes desiertos
Y preguntaba el origen de los diamantes,
Pero nadie le contestaba.
Entonces siguió el sendero que no llevaba a ninguna parte
Y al árbol de plata llegó.
Allí estaba la doncella clara
Yerta y helada
Adornada con sus propias lágrimas.
Las hojas plateadas le caían encima
Y de lecho le servían.

¡Pobre doncella!
Pensó el caballero,
¿de qué moriría?
Mientras el árbol de Plata se deshojaba sin remedio,
el caballero de hojalata miraba apesadumbrado
A la doncella de rostro triste.
Entonces, cuando cayó la ultima hoja,
Ella y el árbol desaparecieron
Y el corcel también.
El caballero despertó de su ensueño
Y nunca más se volvió a oír canción como esta
En las salas del Rey.

viernes, 9 de octubre de 2009

Masoch...

Hoy me escribo; me escribo desde este hondo vacío lleno de formas. Me escribo...sin tener realmente una razón para hacerlo...Teniendo todas las razones del mundo...Me escribo para consolarme. Para atacarme, destrozarme y confortarme, como siempre. Hacerme daño y sentirme bien por ello es lo mío.

¿Por qué lloras, pequeña? Sabes que todo lo puedes...Fuiste diseñada para ello...Creada para vivir en la miseria, el desorden, la soledad y el dolor...Tú misma negaste tus mecanismos de supervivencia...te hiciste dependiente, obsesiva...No llores...Esto te lo has causado tú misma...

Efectivamente, las làgrimas paran.¿Creada? ¿Diseñada? ¿Este cuerpo fràgil y soñoliento? ¿Esta alma dèbil y ennegrecida?¡Entonces depender es lo que me hace sufrir!¡Obsesionarme es lo que causa estas noches en vela!Deseo, deseo, Deseo!!¿Porque deseo? ¿Para que deseo?

Deseas porque esa es tu naturaleza...Està intrìnseco en ti...en tus acciones...Desear y no recibir...

El Deseo es la base del Dolor, dijo Buda.¡Y yo tanto deseo! ¡Tanto anhelo!¡Tanto espero!...Tienes razón, Buda, y te odio por ello. Odio a cualquiera que haya encontrado la paz en su alma, porque yo no la tengo...Siempre me estoy carcomiendo, por cualquier motivo, sin sentido, sin sentido quedo de tanto golpearme contra las paredes y llorar en el suelo, sin sentido quedo luego de ayunar por dias, teniendo alimentos a la mano, vana existencia, vacía...Vacia....Tórrida sangre que corres por mis venas,...¿No quisieras pasear por el màrmol pulido e inmaculado del suelo? Serìa un viaje agradable, onìrico, ver caer las primeras gotas y luego un caudal desatado de cristal y carmìn...

La Muerte huye de mi asi como yo huyo de ella, deseo vivir, atada a mi cuerpo y a mis pasiones, atada a todo aquello que me hiere, porque me saca de mi monotonía, porque el dolor constante en el alma me hace sentir viva...Porque las lágrimas son agua en el desierto que pueden llegar a ser mis dias...Amo mi sufrimiento idiota...Amo mi dolor sin razón...Y amo ponerle nombres a estas ansias innominadas, decir que me siento incompleta sino tengo esto o lo otro, si no me siento amada, si no logro esto o aquello; comprendi que mi inconformidad es patológica, y sin embargo me atrevo a quedarme quieta y callada mientras me causa fiebres y malestares, a morderme la lengua cuando se posesiona de mi corazon y mi cerebro y los retuerce, a no desatar los cánticos de la agonía...A sonreir, dia con dia...Cuando alguien me dice...."Sos una masoquista...."