lunes, 23 de mayo de 2011

domingo, 24 de abril de 2011

Cántico

I

Siqua sine socio

caret omni gaudio;

tenet noctis infima

sub intimo

cordis in custodia



II

Lo vi nacer entre mis brazos

En el terremoto de un orgasmo.

Sangró letras para mí, me contaminó con su virus, desde la distancia de lo ignoto.

Besó todas y cada una de mis heridas, sorbió el líquido de mis muñecas laceradas.



III

Cuando muera, lo ungiré con aceites perfumados, lo envolveré en una primorosa mortaja.

Y apartaré gentilmente a las moscas

de su cadáver.

Para Ellas.


Cuatro muñecas, sentadas en el alfeizar de la ventana. Afuera, el inmenso vacío.

Afuera, la negra noche de lo eterno y sin forma.

y en sus mejillas de fría porcelana brillaban lágrimas de ceniza.

En sus ojos, el hastío

ardía.

Como los incendios que consumen cuerpos, cabellos, letras, civilizaciones.

Una de ellas, cortó tan profundo sus muñecas, que Lucifer fué capaz de meter su lengua y lamer el hueso.

(la saliva demoníaca, el vino de Baco, la vida que corre de nuevo por sus venas.)

Las otras recurrieron a pequeños químicos encapsulados. Marejadas de placebos, dulces eutanasias.

También existía el filo de la cuchilla...Siete puntos de sutura en una. Veinte cicatrices en otra.

La rabia que sigue al vómito salvador.

Siguen sentadas en el alfeizar de la ventana, entre la luz cálida de la jaula

y lo que no tiene nombre.

Diminutas sonrisas curvan sus labios pálidos.

sábado, 2 de octubre de 2010

Cadáver.

Yazco en el piso, mirando las nubes en el cielo a través del techo roto. Pasando grises, tormentosas. El sol, sepultado hace mucho, no me mostrará su rostro de nuevo (probablemente porque no lo merezco, pero más que todo, porque ando escondiéndome de él desde hace largos años) Un cuervo se posa sobre lo que queda de una viga retorcida, grazna, sonríe. Ha ganado, podrá venir a comer. Despliega sus alas, y como un ángel, desciende hasta alcanzarme, despacio. Con enorme esfuerzo alzo mi mano, acaricio su pequeña cabecita emplumada, sus alas, gorjea, le gusta. Me mira con un ojito negro y brillante antes de hundir inmisericorde su pico en mi carne, en mi tórax abierto a cuchilladas autoinfligidas.

-Ya no tengo corazón.- le explico, cuando, extrañado, alza la cabeza con el pico ensangrentado y vacío.Enojado, aletea y clava sus garras en uno de mis pechos. Yo sonrío indolente.-Puedes comerte mis ojos y el resto de mis entrañas. Pero déjame las manos y los labios y el vientre intactos, por si vuelve, por si quiere volver. Los necesitaré para amarlo.

El cuervo entiende, acepta. Picotea un poco, un trozo de hígado, otro del páncreas. Un pedacito de pulmón. Es todo lo que necesita para estar satisfecho, al fin y al cabo, es el mensajero de mi alma, el tótem elegido por mi inconsciente. Deseo que no se vaya, pero está lleno y alza el vuelo, rozándome levemente el rostro con su plumaje al partir. Me siento para observar el catastrófico escenario, un pulmón amenaza con caérseme de dentro, lo atrapo a tiempo y lo devuelvo a su sitio. Conteniendo mis entrañas con los brazos me aproximo a mi ropero, con cuidado alcanzo mi viejo corset, lo ajusto a mis formas, de modo que mis órganos internos queden bien puestos en su sitio, lo amarro c y luego aprieto los cordones todo lo que puedo, con la ayuda de un espejo.

Estoy algo pálida. La pestañina y la sombra negra se han regado por las lágrimas, pero los labios siguen rojos y apetitosos. Los ojos, apagados. El escote, irreparable, el tajo que abrió mi pecho comienza justo entre la hendidura de mis senos. Un collar con dije grande servirá para taparlo. Una gargantilla cubrirá las heridas en la yugular. Unas pulseras las laceraciones en mis muñecas. Quitarle un poco el polvo a la falda corta, amarrarme bien las botas, ajustar las medias de nylon negro a mis muslos.

Mi habitación es un desastre, el mundo de afuera también. Todo arde, todo se derrumba. Adentro el piso está manchado de sangre, hay pedazos de vidrio roto, astillas, hojas arrancadas y partidas, pedazos de pared, de techo, de metal.

Mi corazón, latiendo a salvo, envuelto en plástico, en la nevera. No sé si salir a buscarlo o dejarlo en paz. Esperar a que vuelva...No, no va a volver...No debo ir a por él...Me debato unos minutos, y al fin decido acurrucarme en mi rincón de siempre. Y dormir.¿o morir?, no, definitivamente dormir, ya estoy muerta, no podría morir otra vez.

La victrola suena en algún lugar de mi cerebro, con un vals oxidado. Su sonrisa, sus manos en mi cintura, su boca ofreciéndoseme, y toda la eternidad para dar vueltas al son de esa melodía demoníaca, en las habitaciones destartaladas de un ensueño.

Si...esto está mucho mejor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Edén.

La había visto desde que recordaba; antes sólo se perdía en la inmensidad de sus ojos, azules como el cielo, en su pelo, rubio como las extensiones de pradera, entre aquel tiempo en que hacía calor y los árboles perdían las hojas. Ahora se perdía en sus tetitas turgentes, en la maraña naciente de pelo entre sus piernas, que entreveía cuando ella se agachaba, por entre las capas de piel animal; en la forma redondeada de su culo, en la estrechez delirante de su cintura. Sentía cómo aquella cosa que le colgaba entre las piernas, de repente se erguía furiosa, y ella al ver el bulto bajo las pieles que lo cubrían, huía despavorida, presa de un temor ignoto.

Una tarde, cuando ella dormía plácida bajo un árbol, junto a otras niñas, le levantó el vestido de lana, le abrió las piernas, y antes de que pudiera gritar o alejarse, le hundió la verga tan profundo como pudo en esa rajita rosada, húmeda y tierna; bombeó hasta que sintió que se iba, que la vida se le escapaba en un instante de gozosa oscuridad. Luego se levantó y la dejó allí, revolcándose adolorida, mientras el himen roto sangraba.

Sabían que la misma mujer los había parido, ambos tenian el pelo y la piel clara; pero eso no importaba mucho, era carne. Luego ella empezó a buscarlo, embebida en un furor lúbrico, se acercaba a él gimoteando, se echaba y abría las piernas, o se ponía de rodillas en el suelo como un lobo, o un perro, entonces él la penetraba; al principio sólo el gozaba, luego ella aprendió a transformar el agudo dolor en una exaltación trepidante, que los dejaba exhaustos.

Entonces ella cambió, su vientre empezó a hincharse tras diarios vómitos matutinos y la ausencia mensual de aquella cosa roja que parecía sangre pero sabía dulce. Pasaron varios meses, y ella se apegó a él como una garrapata, no lo dejaba solo, lloraba desconsolada cada vez que iba de caza con los demás hombres; el sentía un indeterminado instinto de protegerla, le gruñía furioso a cualquier macho que se le acercara, porque olía. Olía a kilómetros, como si estuviera en celo. Una noche de lluvia, empezó a gritar y a gemir de espantosos dolores, la caverna resonaba con sus alaridos, mientras él, en una esquina, se limitaba a observar cómo su cara se ponía roja de esfuerzo a la luz de la hoguera. Después de varias horas, un indeterminado bulto sangriento salió de la rajita, ampliada a su máxima capacidad, y ella lagrimeando arrancó a dentelladas el cordón que los unía, y estrechó contra su pecho el bulto hasta que éste empezó a hacer ruido, a chillar, era una cría de su especie. La madre lo lamió con fruición para limpiar la sangre, el padre se acercó cauto, con la intención de ayudarla, ella apretó los dientes y lo miró, amenazante; el retrocedió hasta su esquina, y se mantuvo allí mientras ella expulsaba otro bulto, que esta vez, no era mas que una tripa grande, sanguinolenta y venosa. Entre ambos se comieron la placenta, al dia siguiente, mientras ella mantenía al bebé pegado de uno de sus senos.

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Los años pasaron y el niño se convirtió en hombre. Luego de matar a su padre y comerse crudos sus ojos y poner sus músculos al fuego para poder alimentarse más sabrosamente, se folló a su madre con toda la sevicia que pudo, después de todo, la amaba.

martes, 17 de agosto de 2010

Burden

De mi padre, heredé unos dedos largos y ágiles, útiles y finos: teclas de marfil y cuerdas de metal y nylon se han rendido casi sin oponer resistencia a los deseos de mi música interna, heredé de el también finas membranas en la garganta, una agresividad casi sádica y una melancolía congénita, patológica. De mi madre, heredé una buena memoria, largo cuello y talle fino, pequeños senos para amamantar a mis crías, piernas gruesas para sostenerme cuando mi voluntad se rehúse a hacerlo; un sentido del honor y el deber absolutamente pacatos y pasados de moda, fuera de todo contexto, y un ánimo volátil y una imaginación febril para los malos presagios.

De ellos, también heredé un cuerpo y un alma que no deseaba, una existencia que mas que un regalo o un don, es una maldita carga.

jueves, 12 de agosto de 2010

Mea Culpa

Entre una cosa y otra, al menos aún conservo

una corteza raída en la mirada

la callosa piel pegada a los huesos.

Profundamente cansada, mis tiernas entrañas desean

los pútridos estertores de la vida

y los días se suceden

se suceden

¡Un puto día tras otro!

Unotrasotrotrasotrotrasotro.

(Como pálidos despojos de niebla)

Mi sangre un vino ácido

pisoteadas las uvas en la vendimia del odio,

fermentado en esta vida de pulcritud

y mierda bajo la alfombra.

Mi saliva, congelada y corrupta

alquitrán goteante de las entrañas de la tierra

dejó en tus labios un resquicio de sabor a muerte.

Y mejor, dejaré que tu hables del agua de mi pozo, caliente, oscuro y estrecho.

Soy joven, pero ya en mis cristalizados ojos

no habita ninguna lágrima.

Fuera de mi, para siempre.

los frágiles adornos de muñeca.