Desde que me imaginé esto en mi cabeza no quiso dejarme en paz y dió muchas vueltas hasta que tomó forma. Es meloso. Inimaginablemente meloso, casi asquerosamente dulce. Pero en este momento necesito algo que me de esperanzas. Los lectores sabrán disculpar este lapsus en mi normalmente agria -y de mucha mejor calidad-escritura.
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-Déjamela como un angelito.-sollozó la madre, sosteniendo a duras penas un pañuelo empapado en lágrimas y mocos, y un rosario, entre las manos temblorosas. El padre le sostenía los hombros convulsos sin siquiera pestañear. Le entregó a la mujer menuda, vestida con una bata hospitalaria y una careta anti-salpicaduras de acrílico transparente, un vestido blanco, largo hasta los pies, ropa interior blanca, unos zapatos como de muñeca, también blancos, unos pequeños aretes de oro, un anillo engastado con una discreta piedra en forma de corazón y le especificó que su pelo debía estar rizado, como el de un querubín de iglesia.
Hacía apenas un año que Desiré ejercía la tanatopraxia como sostén económico. De ella, de sus tres gatos, de su tinte negro para el pelo, cigarrillos, vino, corsets y lápiz negro para ojos. De sus fines de semana y de la escasa comida que ingería dia tras día. Los cuerpos muertos eran para ella pedazos enormes de gelatina, de carne, que transformaba en arte póstumo. Al menos era esa su premisa estética. Darle a cada difunto un último coqueteo con la vanidad. Los fotografiaba con su vieja Polaroid cuando el trabajo ya estaba terminado, y entregaba discretamente a la familia una copia. En general, se lo agradecían. Otros rompían la foto y lanzaban los trozos a sus pies, gritando cosas que a ella en realidad no le importaban, pues no había nada que valiera la pena escuchar de alguien que no valoraba la majestuosidad de su obra: convertir un cadáver putrefacto en un retrato de la eternidad.
Pero la pequeña que le habían entregado en una larga bandeja plateada ese día, era un cuerpecito especial.
Tenía que dejarla como un angelito.
Se aproximó al congelador y abrió el cajón, parecido a un archivador de oficina, en donde estaba guardada. La puso con cuidado en la camilla de procedimientos, con rueditas, y la llevó hasta su área de trabajo. Tenía una pequeña etiqueta en el dedo gordo del pie. Se la retiró con cuidado y leyó lo que venía en ella. Tenía diecisiete años. Se había suicidado. Retiró la sábana que la cubría.
Sobre la mesa, estaba el blanco y delgado cuerpo de una hermosa niña. Al verla, inmediatamente pensó en una blanca nieves envenenada. La nariz pequeña y recta, las cejas bien delineadas. El pelo, negro, liso, brillante. La boca pálida y bien formada, los pómulos altos. El frágil cuello, los delgados brazos, los finos dedos rematados en unas uñas bien cuidadas y pintadas de negro, con el barniz desconchado. Los senos pequeños, coronados por definidos pezones que ahora estaban amoratados y distendidos por la muerte. El vientre liso, pálido, plano. Los muslos largos y delgados. Levantó uno de sus brazos. Un severo tajo lo recorría, desde la muñeca hasta el codo, en una delirante línea recta. El otro también tenía un corte, menos largo, menos profundo, ya no tenía tanta fuerza como para ejecutarlo con tanta perfección como el primero. Empezó a observarla con más detenimiento. En su ceja derecha estaban las dos pequeñas cicatrices circulares de un piercing sanado hacía tiempo, al igual que en una de las aletas de su nariz, en la mitad de su labio inferior. En sus orejas había varias perforaciones, en sus pezones y en su ombligo. La volteó un poco para mirar su espalda, donde encontró un enorme tatuaje a blanco y negro, lleno de mariposas oscuras, de ramas retorcidas y de tumbas.
Desiré sonrió. Era hermosa. Y a la vez surgió en ella un pensamiento perturbador.
Tenía que dejarla como un angelito.
Inmediatamente lo procesó como un insulto. La madre quería ignorar los gustos y preferencias de la pobre y difunta niña. Quería vestirla como a una pequeña de cinco años, como a la niña que no supo cuidar ni escuchar.
Se puso los guantes y procedió a canalizar la vena yugular del cuello de la niña, para extraerle la sangre restante. Salió muy poca. Era obvio, había muerto desangrada, tenía los brazos, el pecho, la cara, el pelo, untados en sangre, los dedos, los muslos, todo. Tenía que remediar eso, pero luego.
Después le inyectó una solución desinfectante y disecante, que limpiaría y secaría los tejidos,permitiendo su conservación. Mientras tanto, abrió su abdomen con la clásica Y, separó sus costillas y respetuosamente tomó cada uno de los órganos de su cavidad abdominal y los puso sobre la mesita auxiliar. Rellenó el cuerpo con una fibra vegetal algodonosa, de manera que conservara lo mejor posible su forma, y procedió a cerrar tan cuidadosamente las suturas como lo hubiera hecho con alguien vivo para no dejarle la mas mínima cicatriz. Puso otra intravenosa en la arteria femoral de una de sus piernas, con el mismo químico desinfectante. Al terminar de pasar el líquido con la bomba a presión, tomó la manguerilla de agua y bañó a la niña con jabón, y le lavó el pelo lo mejor que pudo. Le sacó todos los restos de sangre y la dejó inmaculada. Procedió, con ternura y delicadeza, a rellenar sus orificios con algodón de manera que no se notara. Puso dos pequeñas motitas en sus oídos, dos en sus fosas nasales, y le abrió la boca, para meterle el algodón en la garganta y en la cavidad bucal. Luego se la cerró, cosiendo la encía inferior a la superior con la ayuda de un hilo grueso y una aguja curva. Al final selló los labios con una pequeña porción de pegamento super fuerte transparente. Lo mismo hizo con los párpados. Le secó el pelo con un secador de mano.
No podía vestirla con esas ropas infantiles que la familia le había proporcionado. No podía simplemente ponerle un miriñaque blanco, unas mediecitas infantiles y sonrojarle las mejillas con rubor en polvo, ni rizarle el pelo como a una eterna muñeca. Dejo los guantes y la bata, salió del laboratorio, cerrándolo con llave, tomó su motocicleta e hizo una rápida parada técnica en su casa. Rebuscó entre los cajones todo lo que necesitaba. Aquella niña merecía un último homenaje a lo que había sido en vida, no a lo que sus padres querían que fuera.
Cuando llegó de nuevo a la casa de funerales, el corazón le palpitaba con violencia. Si su jefe descubría que había salido en horas de trabajo, la despediría. Después pensó que igual iban a despedirla por ello. Los padres se quejarían por la “pequeña” licencia estética que se había tomado con su “angelito”.
Al abrir la puerta del laboratorio, le sucedió lo que últimamente le pasaba, la alucinación de todos los días. El cadáver de turno estaba sentado sobre la mesa de operaciones, con la Y del tórax palpitante, y le sonreía. Al parpadear, volvía estar acostado y tan tieso como una tabla.
Pero eso no le sucedió con la pequeña. Ella seguía con los ojos abiertos, mirándola, expectante.
-¿Tu vas a arreglarme, cierto?-preguntó. Se suponía que tenía la boca cosida y sellada, pero movió los labios con naturalidad y articuló dulcemente cada uno de los sonidos. Desiré, más pálida que el cadáver en la mesa, le contestó afirmando con la cabeza, pues no podía hablar.
-P..Po..Porfavor, recuéstate.- al fin pidió. La joven obedeció, mirando al techo. Tenía unos espectaculares y brillantes ojos grises, de largas y tupidas pestañas. –Voy a ponerte la ropa interior, así que necesito que me ayudes alzando las piernas y luego el torso.
La joven asintió. Alzó las piernas, ayudándole a Desiré a poner los panties de encaje negro en su sitio. Luego se sentó, para que pudiera ponerle el brasier y abrochárselo en la espalda. Desiré temblaba. ¿Qué le estaba pasando? Ni en sus peores viajes de ácido le había sucedido algo como esto. La joven muerta le sonreía, esperando a que continuara.
-Tus papás me pidieron que te vistiera con esto.-dijo Desiré, y le mostró el vestido blanco, las enaguas de encaje con listones rosados, los zapatitos blancos, la joyería de niña. El rostro sonriente de la joven muerta se demudó en un gesto de asco, y luego de rabia.
-¡Nunca entendieron!-chilló.- ¡Nunca entendieron que yo no quería ser lo que ellos querían que fuera! ¡Yo nunca fui una muñeca! ¡Ponme hermosa, porfavor!-gimió.- ¡Ponme hermosa, pero no con esas ropas, no de ese modo! ¡Hazme hermosa y triste! Para mis padres siempre fui una muñeca de aparador. Me entristece que ni siquiera muerta me respeten, pues también quieren sellarme, vestida como una Barbie, en mi propio ataúd.
Mientras hablaba, se llevó las manos al rostro. Al retirarlas Desiré vió brillantes lágrimas en sus mejillas. En un impulso que la desconcertó, abrazó al delgado cadáver, y éste contestó al abrazo con fuerza. Ambas sollozaron. La madre de Desiré jamás había comprendido, tampoco, su elección de vida y sus gustos estéticos, y había dejado de hablarle. Su padre la llamaba puta y otras cosas que no le gustaba recordar. Era su misma historia, era un reflejo, un reflejo frágil que había decidido quitarse la vida; Desiré, pusilánime y cobarde, no había podido jamás. Al separarse de ella, el cadáver estaba frío, exangüe, los ojos y la boca sellados para siempre. El abrazo mutuo que había imaginado jamás sucedió. Llorando, procedió a arreglarla. Ella era también parte de su luto.
La vistió con un primoroso vestido negro de tupido encaje, de mangas largas y anchas, largo hasta los pies, que calzó con unas modestas balletes negras. Le alisó el pelo con la ayuda de una planchita para cabello. Suavizó las pequeñas manchas moradas de su rostro, cuello y escote con maquillaje. La maquilló hasta que su piel, de por sí blanca, empalidecida por la muerte, resplandeció aterciopelada, como una estatua de mármol mate, exquisitamente tallada. Cubrió los párpados con una línea de kohl y sombra negra. Definió las cejas en un bello arco. Pintó primorosamente los labios con un rojo sangre, le puso mascara en las pestañas. Le limó las uñas y maquilló también sus dedos y sus manos. Pintó sus uñas de negro. Puso joyería en color plata de piercing en su ceja, un aro en la aleta de su nariz y otro aro en su labio inferior. Luego, con ayuda del sistema hidráulico de la camilla, la puso en el ataúd que habían destinado para ella, una hermosa caja plateada cuyo interior estaba amoblado en blanco. Le arregló el largo pelo negro, para que se extendiera sobre sus hombros y cayera fuera del ataúd. Le entrelazó los dedos con cuidado sobre el pecho. Sacó su Polaroid y le tomó varias fotos. Y salió llevando el ataúd en un carrito hacia la sala donde los dolientes esperaban.
Al llegar le impactó la cantidad de jóvenes vestidos de riguroso luto que aguardaban llorando. Llenaban la sala y sus alrededores. La familia, una pequeña mancha de color entre tanto negro, parecía asediada, asustada. Los amigos de la joven Alicia, que así ponía que se llamaba en las coronas fúnebres de blancos lirios, fueron acercándose lentamente a la caja, mientras Desiré retrocedía discretamente. Le sorprendió ver que sonreían entre las lágrimas. Exclamaciones de admiración los recorrieron. Estaba hermosa, decían. Más hermosa que nunca. Sonreían y lloraban. Decían que Alicia estaría feliz si pudiera verse. La madre de Alicia se abalanzó hecha una fiera sobre Desiré, gritando histérica que esa no era su hija, que ese no era el angelito que había deseado.
Un silencio sepulcral llenó la antes -lúgubremente- animada sala. Todas las miradas se dirigieron, furiosas, a la madre de Alicia, que soltó los hombros magullados de Desiré, a quien le había exigido que lavara y vistiera a Alicia de nuevo como se lo había pedido.
-¿Señora, sabe porqué se mató su hija?-se alzó una solitaria y quebrada voz masculina desde una silla. Un hombre alto y delgado de hombros anchos y pelo lacio y castaño, con los ojos hinchados de tanto llorar, se puso de pie y se acercó al ataúd.-Se mató porque usted nunca la quiso como ella era. Se mató porque usted amaba en ella sólo las cosas que la complacían. Sólo los éxitos que ella lograba bajo su presión y sin reales ganas de lograrlos. Cuando ella quiso ser ella misma usted la rechazó, la golpeó, la humilló. Le prohibió ver a sus amigos, le prohibió verme. Yo amo a su hija, amé a su hija más de lo que nunca amé a nadie, y fui testigo de su sufrimiento. Nunca nada fue suficiente para usted y para su esposo. Si ella no era ni se vestía de la forma en que ustedes querían automáticamente dejaba de ser su hija. Todos los que la conocimos de verdad sabíamos que era una mujer educada, dulce, tierna, talentosa. ¿sabía usted que Alicia hacía unos maravillosos solos de guitarra en su banda? Sólo supieron de los concursos de música en los que participo como intérprete de cello, que es “respetable y decente”, ¿no?
-¡CÁLLESE, IMBÉCIL!-le espetó furioso el padre de Alicia, abrazando a su mujer.- Nosotros tomamos las decisiones que consideramos convenientes para asegurarle una buen futuro a Alicia, un futuro libre de drogas, de excesos, hacerla una mujer piadosa, temerosa de Dios, casta, buena, darle una educación que le sirviera para la vida futura y que pudiera encontrar un buen marido! ¿Es eso un crimen? Sólo fuimos buenos padres con ella. Alicia fue una desagradecida que renegó de nuestras costumbres, se alejó de la educación cristiana que le dimos, se dañó su cuerpo con esas porquerías que se clavó y se rayó en la piel, mire, ¡se suicidó para hacernos sentir mal! ¿No es esa suficiente prueba del tiempo y el dinero y el esfuerzo perdidos en ella? ¡Ustedes me malograron a mi hija! ¡La culpa es de todos ustedes! ¡La culpa es suya, maldito bastardo, usted la convenció para que se matara! ¡Como no podía tenerla para usted porque nosotros se lo impedimos, entonces la convenció para que se matara!
Desiré, que durante la discusión había permanecido callada al lado del ataúd, miró a Alicia, que le devolvía la mirada, llorando.
-Dile a Miguel que no llore. Dile a Miguel que lo amo. – susurró -Dile que dentro del florero azul de la casa de su madre le dejé una carta. Diles a todos que los quiero, incluso a mis padres, que los perdono.
Cuando Desiré parpadeó, Alicia volvía a estar tiesa y con los ojos cerrados. Resuelta, se dirigió a quien creía ella que era Miguel, el muchacho del pelo castaño, y le comunicó el mensaje. El la miró asombrado. Las voces de los amigos de Alicia se alzaron de nuevo, diciendo cuánto la amaban, cuánto la admiraban, cúanto la conocían y cuanto habían luchado todos juntos para que permaneciera viva, pero al final el sufrimiento se hizo insoportable para ella. Desiré permaneció en la sala lo suficiente para escuchar los sollozos de la madre sobre el cajón de Alicia, sus “te amo hija, perdóname”, y sonrió de oreja a oreja. Su jefe la esperaba muy malhumorado en un pasillo. Al parecer iba a despedirla. La hizo entrar a su oficina y cerró la puerta de un enérgico portazo.
-¡Niña loca! ¿Por qué no sigues las instrucciones dadas? ¡Por tu culpa podemos quedarnos sin clientes! ¿No te das cuenta? ¡Eso que haces no está bien! ¡Se deben seguir las instrucciones de los familiares!
Alguien llamó a la puerta discretamente. El jefe de Desiré, con la cara rechoncha casi amoratada de ira, se levantó de su silla tras el escritorio y abrió la puerta. Allí estaba la madre de Alicia.
-Le quería dar las gracias, señorita. Hizo un excelente trabajo con mi nena. Me la dejó como un angelito. No precisamente el que yo quería, pero así lo hubiera querido ella, y sé que es muy tarde para arreglar muchas cosas que hice, pero me hace comprender lo mucho que la amo. Muchas gracias.-dijo la madre de Alicia, sollozando. Desiré miró a su lado izquierdo. Allí estaba sentada Alicia, con el vestido negro, sonriéndole.
Desiré despertó, con el corazón latiéndole rápidamente dentro del pecho. Se pasó una mano por la boca para limpiarse las posibles babas. De nuevo se había quedado dormida en el laboratorio. Lo que la había despertado, fue su auxiliar, un muchacho gordito con la cara picada de acné en el que ella no confiaba demasiado. Nunca lo dejaba a solas con las difuntas.
-Desiré, afuera están los familiares de la paciente de hoy.-le explicó sucintamente. Desiré se levantó, con el leve vértigo que precede a la sensación de deja-vu. Al abrir la puerta se encontró de cara con una pareja algo mayor. La mujer tenía los ojos grises, un pañuelo y un rosario enredados en las manos. El hombre tenía el pelo negro. Desiré sonrió.
-Tranquila, señora. Su niña está en buenas manos. Se la voy a dejar como un angelito.